El cierre de las convenciones partidarias del 5 de agosto dejó definido el escenario de las elecciones presidenciales de Brasil, pero también expuso un fenómeno poco habitual en la política del país: la neutralidad como estrategia electoral.
A diferencia de procesos anteriores, la mayoría de las principales fuerzas políticas decidió no comprometerse con ninguno de los candidatos que disputarán la Presidencia. La excepción es el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien buscará la reelección con el respaldo de una coalición integrada por siete partidos de izquierda.
El resto de los principales aspirantes competirá con fórmulas integradas exclusivamente por integrantes de sus propios partidos.
El caso más evidente es el de Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, quien eligió como compañero de fórmula al diputado de Alagoas Alfredo Gaspar. El intento de repetir la alianza que llevó a Jair Bolsonaro a la Presidencia en 2022 no prosperó.
En aquella elección, el entonces mandatario contó con el respaldo de PP y Republicanos, pero ambas fuerzas optaron ahora por mantenerse al margen de la disputa presidencial.
Lula concentra el mayor bloque
La candidatura de Lula representa la coalición más amplia que la izquierda brasileña ha construido para una primera vuelta presidencial.
El mandatario volverá a tener como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, del Partido Socialista Brasileño, y contará con el respaldo del PT, PSB, PDT, PSOL, PCdoB, PV y Rede.
Sin embargo, la alianza es más limitada hacia el centro político que la que acompañó a Lula en 2022, cuando también recibió el apoyo de partidos como Solidariedade, Avante, Agir y PROS.
Esta vez, Avante decidió presentar una candidatura propia encabezada por el escritor y psiquiatra Augusto Cury.
Los partidos prefieren conservar margen de maniobra
La decisión de varias de las principales fuerzas políticas de no apoyar a ningún candidato responde, en buena medida, a un cálculo de supervivencia y poder.
De los diez partidos y federaciones más grandes de Brasil, solamente tres presentarán candidatos propios a la Presidencia y dos se sumaron a la candidatura de Lula. Los otros cinco —União Brasil, PP, Republicanos, MDB, Podemos y la federación PSDB-Cidadania— optaron por mantenerse neutrales.
La estrategia permite a estas organizaciones preservar capacidad de negociación con quien resulte ganador y concentrar sus esfuerzos en fortalecer sus bancadas en el Congreso.
En un escenario marcado nuevamente por la polarización entre el lulismo y el bolsonarismo, comprometerse anticipadamente con uno de los dos bloques representa un riesgo considerable para los partidos que no tienen posibilidades reales de ganar la Presidencia.
La neutralidad, en cambio, les permite esperar el resultado electoral y negociar posteriormente con el próximo gobierno.
Las divisiones internas también pesan
La decisión tampoco puede entenderse sin considerar las diferencias internas que existen dentro de varios partidos brasileños.
Mientras sectores de las regiones del centro y sur del país mantienen posiciones más conservadoras, dirigentes y legisladores del Nordeste tienen mayor cercanía con Lula y el Partido de los Trabajadores.
Para las dirigencias nacionales, imponer una posición única puede generar conflictos internos y afectar las posibilidades electorales de sus candidatos al Congreso.
Por ello, permitir que las estructuras locales apoyen al candidato que consideren más conveniente puede resultar políticamente menos costoso que adoptar una postura presidencial uniforme.
El Congreso, la verdadera apuesta
La estrategia adquiere mayor relevancia por el peso que tienen las enmiendas parlamentarias en la política brasileña.
Se trata de recursos del Presupuesto federal cuya aplicación puede ser definida por diputados y senadores, muchos de ellos de ejecución obligatoria. Para 2026, el presupuesto contempla alrededor de 61 mil millones de reales para este mecanismo, de los cuales aproximadamente 37.8 mil millones corresponden a partidas de ejecución obligatoria.
El sistema ha incrementado el poder de las bancadas parlamentarias y reducido la necesidad de que los partidos comprometan anticipadamente su apoyo con un candidato presidencial.
Un partido con una bancada numerosa y sin una candidatura derrotada detrás puede negociar con el próximo presidente desde una posición más favorable.
En cambio, una fuerza que se comprometa con una candidatura que pierda la elección puede comenzar el siguiente gobierno con menor capacidad de negociación.
Una campaña polarizada y un Congreso más difícil
La elección presidencial que se aproxima podría ser incluso más polarizada que la de 2022, pero el verdadero desafío para quien resulte ganador llegará después de las urnas.
El próximo presidente de Brasil tendrá que gobernar frente a un Congreso cuyos principales partidos decidieron no comprometerse con ninguna candidatura presidencial.
La neutralidad puede beneficiar a las fuerzas políticas durante la campaña, pero también anticipa una negociación complicada a partir de 2027.
El resultado será una elección en la que los partidos buscan ganar posiciones en el Congreso sin hipotecar su futuro político a ninguno de los candidatos presidenciales.






