Automóviles oxidados, edificios vacíos y letreros descoloridos que advierten sobre radiación son hoy parte del paisaje de Prípiat, la ciudad ucraniana que quedó congelada en el tiempo tras el desastre nuclear de Chernóbil en 1986.
Conocida como “Atomgrad” (Ciudad atómica), Prípiat fue durante años el orgullo de la industria nuclear soviética. Fundada para albergar a trabajadores de la planta, contaba con miles de viviendas, escuelas y servicios. Sin embargo, el 26 de abril de 1986, la explosión del reactor número 4 cambió su destino para siempre.
Cuarenta años después, la ciudad permanece deshabitada, invadida por la vegetación y marcada por el abandono. Entre sus calles, aún resuenan las historias de quienes vivieron el desastre, como Volodimir Vorobei, quien tenía 18 años al momento del accidente.
Vorobei recuerda que nadie entendía lo que había ocurrido. “No sabíamos ni qué había pasado ni cuáles serían las consecuencias”, relata. La evacuación fue inmediata, pero bajo la creencia de que sería temporal. “Pensamos que regresaríamos en unos días. Nunca volvimos”.
La falta de información y el control del régimen de la Unión Soviética jugaron un papel clave. Según el testimonio, los trabajadores y habitantes desconocían los riesgos reales de la radiación. “Se nos decía que un accidente nuclear era imposible”, explica.
Hoy, lugares emblemáticos como el cine Prometeo o la famosa noria —que nunca llegó a inaugurarse oficialmente— son símbolos de una tragedia que transformó no solo la región, sino la historia global de la energía nuclear.
El accidente no solo provocó el abandono total de Prípiat, sino que también dejó una huella duradera en la salud, el medio ambiente y la política energética mundial. La planta dejó de producir electricidad en el año 2000, pero los trabajos de desmantelamiento continúan hasta la fecha.
Para sobrevivientes como Vorobei, el impacto va más allá de lo material. “La historia pudo haber sido diferente si no hubiera ocurrido Chernóbil”, reflexiona.
Hoy, Prípiat permanece como un recordatorio silencioso de los riesgos de la energía nuclear mal gestionada y de las consecuencias de ocultar información en momentos críticos.





