“ No me senté en el cojín de plumas del trono, me senté sobre las cenizas del fuego ”. Con esa frase, Mehmed VI resumió el dramático momento histórico que le tocó enfrentar como último gobernante del Imperio otomano.

Mehmed VI ascendió al trono en 1918, tras la muerte de su hermano Mehmed V Reshad, en medio del colapso político y militar de un imperio que había dominado territorios de Europa, Asia y África durante casi seis siglos.

Historiadores coinciden en que heredó un escenario prácticamente imposible de sostener: el Imperio otomano acababa de ser derrotado en la Primera Guerra Mundial y enfrentaba ocupaciones extranjeras, crisis económica y una creciente rebelión nacionalista.

Un imperio en ruinas

Nacido en 1861, Mehmed VI perdió a sus padres desde temprana edad y fue criado bajo estricta formación religiosa e intelectual.

A diferencia de otros sultanes otomanos, nunca mostró una ambición desmedida por el poder. De acuerdo con especialistas, aceptó el trono consciente de que el imperio atravesaba una de las peores crisis de su historia.

Además, tenía muy presente el destino de Abdul Hamid II, depuesto tras la revolución de los Jóvenes Turcos en 1909.

Los Jóvenes Turcos habían instaurado una monarquía constitucional y debilitado el poder absoluto del sultán, situación que marcó profundamente a Mehmed VI.

Cuando llegó al poder, el nuevo monarca encontró un imperio devastado por la guerra, con escasez de alimentos, cortes eléctricos y presencia militar de potencias extranjeras en Estambul.

El Tratado de Sèvres y la pérdida de legitimidad

En medio de la crisis, surgió el movimiento nacionalista encabezado por Mustafá Kemal Atatürk, quien impulsó la resistencia contra las potencias ocupantes.

Uno de los momentos más decisivos y polémicos del reinado de Mehmed VI ocurrió en 1920, cuando autorizó la firma del Tratado de Sèvres con las potencias vencedoras de la guerra.

El acuerdo desmantelaba gran parte del territorio otomano y otorgaba amplias concesiones a Reino Unido, Francia, Italia, Grecia y Armenia.

La decisión terminó por destruir la legitimidad del sultán ante gran parte de la población y fortaleció el movimiento nacionalista liderado por Atatürk.

Finalmente, el tratado nunca fue aplicado y sería reemplazado por el Tratado de Lausana, que reconoció oficialmente el nacimiento de la República de Turquía.

Exilio y caída del sultanato

El 1 de noviembre de 1922, la Asamblea Nacional turca abolió oficialmente el sultanato y depuso a Mehmed VI.

Temiendo represalias, el último sultán abandonó Turquía el 17 de noviembre de ese año a bordo de un buque británico rumbo al exilio.

Tras pasar por Malta, terminó instalándose en la Riviera italiana bajo protección del régimen de Benito Mussolini.

Lejos del esplendor imperial, Mehmed VI pasó sus últimos años prácticamente aislado, con miedo constante a ser asesinado y enfrentando graves problemas económicos.

Una muerte marcada por las deudas

El 16 de mayo de 1926, Mehmed VI murió en Italia tras sufrir un problema cardíaco.

De acuerdo con diversas investigaciones históricas, el exsultán había agotado prácticamente todos sus recursos económicos, llegando incluso a vender medallas y pertenencias personales.

Las deudas acumuladas fueron tan graves que sus acreedores embargaron temporalmente su ataúd, retrasando el funeral hasta que su hija, Sabiha Sultan, consiguió reunir el dinero necesario para cubrir los gastos.

Finalmente, sus restos fueron trasladados a Damasco, donde fue enterrado.

El fin de una dinastía de seis siglos

Especialistas señalan que uno de los factores que agravó la situación económica de la familia otomana en el exilio fue el aislamiento dinástico acumulado durante siglos.

A diferencia de las monarquías europeas, cuyos integrantes mantenían alianzas matrimoniales con otras casas reales, los últimos sultanes otomanos dejaron de establecer vínculos políticos mediante matrimonios con otras dinastías.

Esto provocó que, tras la caída del imperio, la familia quedara prácticamente sin redes internacionales de apoyo económico.

Aunque algunos historiadores consideran que Mehmed VI intentó salvar lo que quedaba del Estado otomano mediante la cooperación con las potencias occidentales, otros lo recuerdan como un gobernante incapaz de responder a la magnitud de la crisis.

El 29 de octubre de 1923 nació oficialmente la República de Turquía, marcando el final definitivo del Imperio otomano y de la dinastía osmanlí, una de las más longevas de la historia.

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