Siete meses después del inicio del conflicto con Estados Unidos, Irán mantiene su capacidad para continuar las hostilidades pese al impacto sobre su economía, infraestructura y capacidad militar. El escenario plantea una pregunta central: cuánto tiempo puede Teherán sostener la confrontación y si el costo acumulado será suficiente para llevarlo a aceptar un acuerdo.
Aunque las fuerzas iraníes han sufrido daños en instalaciones militares y de producción de misiles, no existe una estimación independiente concluyente sobre el volumen de armamento que conserva el país. Los análisis disponibles señalan que, aunque los lanzamientos de misiles balísticos han disminuido, Irán todavía puede recurrir a drones y misiles de crucero, sistemas que pueden producirse con mayor rapidez.
El estrecho de Ormuz continúa siendo uno de los principales instrumentos de presión de Teherán. La interrupción del tránsito por esta vía afecta tanto las exportaciones iraníes como el suministro energético internacional. Cerca de una cuarta parte del petróleo transportado por vía marítima pasa normalmente por este punto, por lo que cualquier alteración prolongada repercute en los mercados energéticos.
La situación también ha generado costos para Estados Unidos. La interceptación de misiles y drones ha reducido parte de sus reservas de municiones y ha incrementado los costos militares del conflicto. Al mismo tiempo, el aumento de los precios de los combustibles se ha convertido en una preocupación política para la administración de Donald Trump, particularmente con las elecciones intermedias de noviembre cada vez más próximas.
Una economía bajo presión
Irán ya enfrentaba problemas económicos antes de la guerra, entre ellos inflación elevada, devaluación de su moneda y baja inversión. El conflicto ha profundizado esas dificultades y ha limitado el comercio y las exportaciones petroleras.
Organismos y análisis recientes proyectan una contracción significativa de la economía iraní en 2026, mientras la inflación se acerca a niveles que afectan de manera directa el poder adquisitivo de la población. La presión económica se suma a los daños provocados por las operaciones militares y a las dificultades para mantener el flujo de ingresos petroleros.
Sin embargo, el deterioro económico no necesariamente se traduce en una decisión inmediata de abandonar la guerra. Expertos señalan que gobiernos bajo presión pueden mantener durante largos periodos políticas militares aun cuando aumenten la inflación, el desempleo y el descontento social.
La economía también está condicionada por la situación en Ormuz. El cierre o la reducción del tránsito por el estrecho representa una herramienta de presión para Irán, pero al mismo tiempo limita sus propias exportaciones y profundiza su aislamiento.
Teherán enfrenta decisiones dentro del país
La estrategia iraní tampoco es completamente uniforme. Dentro del aparato político existen diferencias sobre cuánto debe prolongarse el enfrentamiento y qué papel deben tener las negociaciones.
Mientras algunos sectores consideran que mantener la presión puede mejorar la posición de Irán frente a Washington, otros han advertido sobre el riesgo de quedar atrapados en una guerra de desgaste.
Las conversaciones entre ambos países también permanecen estancadas. En agosto, funcionarios iraníes señalaron que no había avances para reactivar el acuerdo provisional alcanzado en junio, después de que ambas partes volvieran a enfrentarse por las condiciones relacionadas con las operaciones militares, las sanciones y la reapertura del estrecho de Ormuz.
El costo regional también aumenta
El conflicto tiene consecuencias que van más allá de Irán y Estados Unidos. Los ataques y las interrupciones del transporte marítimo afectan a los países del Golfo y aumentan los incentivos para reforzar sus vínculos de seguridad con Washington.
Para Teherán, una estrategia de guerra prolongada solo tendría utilidad política si la presión sobre Estados Unidos y sus aliados puede convertirse finalmente en concesiones diplomáticas, particularmente en materia de sanciones, activos congelados y seguridad regional.
Ese es uno de los principales dilemas para el gobierno iraní: puede mantener la capacidad de causar daños y alterar los mercados energéticos, pero cada semana adicional de conflicto incrementa también sus propios costos económicos, militares y políticos.
La guerra, por ahora, se mantiene como un pulso de resistencia. Washington apuesta por aumentar la presión hasta que Teherán ceda, mientras Irán busca demostrar que todavía puede imponer costos y conservar capacidad de negociación. El desenlace dependerá de cuál de los dos gobiernos considere más difícil seguir pagando el precio del conflicto.






