Después de más de una década viviendo en Texas, Chris O’Riley se acostumbró a los avisos constantes sobre la escasez de agua: restricciones de nivel uno y dos, limitaciones al riego y llamados a reducir el consumo no esencial. Por eso, cuando supo que se planeaba construir un gran centro de datos a menos de diez kilómetros de su casa —instalaciones que consumen en promedio 300.000 galones de agua al día— reaccionó con indignación.
“Nos dicen que seamos conscientes de nuestro gasto, pero luego estas compañías pueden llegar y tomarla así nada más”, relató a EFE.
Texas apuesta por convertirse en potencia global
Texas se perfila como uno de los principales polos mundiales de centros de datos, en parte impulsado por la administración del presidente Donald Trump, que considera estos proyectos clave para mantener la ventaja tecnológica de Estados Unidos, especialmente en medio del auge de la inteligencia artificial (IA), y para reforzar la seguridad nacional.
Diversos análisis de la industria proyectan que para 2030 Texas podría superar incluso a Virginia como el mayor mercado global de centros de datos, gracias a su amplia disponibilidad de terrenos y a regulaciones más flexibles para el sector privado.
Miles de millones de dólares están siendo destinados a enormes complejos tecnológicos. Entre ellos destacan Stargate, financiado por OpenAI, SoftBank y Oracle, así como Project Matador, que aspira a convertirse en el mayor centro de datos del mundo. Ambos proyectos están ubicados al oeste del estado y han recibido respaldo de la Casa Blanca.
Agua y emisiones: las cifras que preocupan
El auge ha despertado preocupación entre residentes como O’Riley, quien participó en una manifestación en Round Rock, suburbio de Austin, para protestar contra la construcción de un centro de datos. “¿Qué va a pasar? ¿Nos van a castigar o a cobrar más por la nueva escasez?”, cuestionó.
Estudios académicos respaldan parte de estos temores. Según investigaciones de la Universidad de Cornell, el crecimiento actual de la IA podría generar entre 24 y 44 millones de toneladas métricas adicionales de dióxido de carbono al año durante los próximos cuatro años, equivalente a sumar entre 5 y 10 millones de automóviles a las carreteras estadounidenses.
En términos de agua, el sector consumiría entre 731 y 1.125 millones de metros cúbicos anuales, lo que equivale al uso doméstico de entre 6 y 10 millones de hogares en Estados Unidos.
Texas ya enfrenta una crisis hídrica estructural, con sistemas al límite en zonas áridas y suburbios que crecieron más rápido de lo previsto. En este contexto, Margaret Cook, vicepresidenta del Houston Advanced Research Center, advirtió que el impulso tecnológico podría desembocar en un “desastre” si no se planifica adecuadamente.
Cook y su equipo estiman que los centros de datos podrían incrementar en aproximadamente un 3 % la demanda total de agua del estado en los próximos años, en una región que ya padece sequías recurrentes.
Falta de transparencia y rechazo vecinal
Uno de los principales reclamos ciudadanos es la falta de transparencia. Muchas empresas no revelan el consumo previsto de agua y, en algunos casos, han firmado acuerdos de confidencialidad con autoridades locales, lo que limita el acceso público a la información.
“Nadie quiere esto en su barrio”, afirmó Garry Oldham, impulsor del movimiento contra un proyecto del gigante Skybox en Round Rock. Aunque su petición para frenar los permisos fue finalmente rechazada por el consejo local, insiste en que no se trata de un rechazo a la tecnología.
“No soy anti-tecnología, uso la IA casi todos los días, pero esto no debería construirse en un estado azotado por las sequías y con un sistema eléctrico inestable”, subrayó.
El debate en Texas refleja una tensión creciente entre la ambición de liderazgo tecnológico y la sostenibilidad ambiental, en un momento en que la inteligencia artificial redefine industrias enteras, pero también multiplica las demandas sobre recursos cada vez más escasos.






