Cumplir noventa años no es, en este caso, una cifra simbólica más. Zubin Mehta representa una trayectoria que sintetiza buena parte de la historia de la dirección orquestal del último medio siglo, con una continuidad poco habitual en un oficio marcado por la rotación constante.

Formado en Viena bajo la tutela de Hans Swarowsky y contemporáneo de Claudio Abbado, su ascenso fue atípicamente rápido: con poco más de veinte años ya dirigía la Filarmónica Real de Liverpool, y antes de los treinta había asumido cargos en Montreal y Los Ángeles. Este ritmo contrasta con la tradición del sector, donde la consolidación suele ser progresiva y tardía.

Su etapa al frente de la Filarmónica de Israel, durante casi cuatro décadas, constituye uno de los vínculos más prolongados entre un director y una orquesta. No se trató únicamente de una relación artística, sino institucional, que incluyó su permanencia en contextos de conflicto, como durante la Guerra del Golfo.

En términos interpretativos, su repertorio se sitúa en el eje del sinfonismo tardorromántico: Bruckner, Mahler, Strauss y Brahms. Su enfoque privilegia la continuidad sonora y la expresividad sobre el análisis estructural minucioso. Esta característica lo ubica en una línea de dirección orientada a la comunicación directa con el público, más que a la disección técnica de la partitura.

En el ámbito operístico, su discografía mantiene peso específico. Destaca su versión de Turandot, con Luciano Pavarotti, Joan Sutherland y Montserrat Caballé, considerada una referencia dentro del catálogo fonográfico. A ello se suman registros de Il trovatore y Tosca, que consolidan su perfil operístico.

Su relación con España ha sido sostenida desde la década de 1960, con presencia recurrente en ciclos como Ibermúsica, impulsado por Alfonso Aijón. Esta continuidad ha configurado un vínculo estable con el público local y con instituciones musicales del país.

En su etapa actual, las limitaciones físicas son evidentes, pero no anulan su capacidad de dirección. La reducción de movilidad contrasta con la permanencia de criterios interpretativos y control del discurso musical. La autoridad que mantiene en el podio responde menos a la energía física que a la experiencia acumulada.

A los noventa años, su actividad continúa con presentaciones programadas en escenarios internacionales, incluido el Festival Internacional de Granada. Su vigencia no se explica por inercia, sino por la persistencia de una función clara dentro del ámbito musical: la de intérprete con criterio consolidado.

La trayectoria de Mehta no redefine la dirección orquestal contemporánea, pero sí establece un estándar de permanencia, consistencia y fidelidad a un enfoque interpretativo. En ese sentido, su figura opera más como referencia histórica activa que como agente de cambio.

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