Fragmentos de pirita de hierro hallados en lugares inesperados y una delgada capa de arcilla roja bastaron para modificar uno de los ejes centrales de la historia humana: el dominio del fuego ocurrió 350 mil años antes de lo que se creía. El hallazgo recuerda que incluso los momentos más decisivos pueden perderse con el tiempo y que, al final, solo los rastros permiten reconstruir lo que fuimos.

Esa misma pregunta —¿qué quedará de nuestra civilización cuando ya no exista?— motivó una reflexión científica reciente: si algún explorador del futuro lejano estudiara la Tierra, ¿cómo sabría que los humanos estuvimos aquí?

A diferencia de los dinosaurios, de los que se conservan fósiles pese a haberse extinguido hace 65 millones de años, las probabilidades de que los humanos dejemos restos biológicos identificables son mínimas. Menos del 0.1 por ciento de todas las especies que han existido se han fosilizado, y aun dentro de ese grupo, los hallazgos son excepcionales.

Aunque los huesos y dientes humanos podrían, en condiciones muy específicas, transformarse en fósiles, los especialistas coinciden en que será poco común. Para ello, sería necesario quedar enterrados rápidamente en sedimentos marinos finos y pobres en oxígeno. Aun así, las probabilidades siguen siendo reducidas.

Tecnofósiles: el verdadero legado

Donde sí hay consenso es en que la huella humana será inconfundible. Los paleontólogos Jan Zalasiewicz y Sarah Gabbott, de la Universidad de Leicester, sostienen que nuestro legado definitivo serán los “tecnofósiles”: restos de actividad industrial y tecnológica que quedarán incrustados en los estratos geológicos.

Plásticos, cenizas de combustibles fósiles, residuos nucleares, materiales sintéticos y minerales artificiales —más de 300 mil creados por el ser humano frente a los 5 mil naturales del planeta— formarán una capa única e irrepetible en la historia de la Tierra.

Uno de los ejemplos más claros será el impacto humano en otras especies. Hoy, solo el 4 por ciento de los mamíferos del planeta son silvestres; el resto corresponde a humanos y animales de consumo. En el caso de las aves, dos terceras partes de la biomasa mundial son pollos criados industrialmente, sacrificados por decenas de miles de millones cada año. Para un científico del futuro, esa concentración anómala será una señal inequívoca de intervención humana.

Ciudades enterradas, cenizas eternas

Las grandes ciudades costeras que hoy se hunden lentamente podrían convertirse en capas de escombros, mientras que estacionamientos subterráneos, drenajes y túneles quedarían mejor conservados bajo sedimentos. A esto se sumarán partículas de ceniza ricas en carbono —producto de la quema de carbón, petróleo y gas— que ya forman una firma química inédita en el registro geológico.

Incluso objetos cotidianos como lápices, bolígrafos o juguetes de plástico podrían sobrevivir durante millones, quizá miles de millones de años. Algunos materiales sintéticos, en condiciones adecuadas, podrían durar más que los propios huesos de los dinosaurios.

La conclusión de los científicos es contundente: aunque nuestra presencia en el tiempo geológico sea apenas un parpadeo, el impacto humano es tan profundo que dejará señales detectables hasta el final del planeta. Como ocurrió con el meteorito que marcó el fin de los dinosaurios, la capa humana quedará registrada para siempre, esperando ser interpretada por quienes, algún día, intenten imaginar quiénes fuimos.

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