El análisis del trabajo sexual sigue siendo un terreno poco explorado dentro de la Economía. Así lo plantea el profesor Stef Adriaenssens, de la KU Leuven, en su libro Sex Work by Numbers, donde subraya que apenas una de cada 200 investigaciones económicas aborda este fenómeno.

A pesar de su baja presencia en la academia, el tema ha despertado interés en medios especializados como The Economist, al tratarse de un sector que, aunque marginal en los estudios, mueve cifras relevantes a nivel global.

Desde una perspectiva económica, figuras como Tim Harford han argumentado que la industria del sexo responde a dinámicas clásicas de oferta y demanda. Sin embargo, uno de los principales retos para su análisis es que gran parte de esta actividad ocurre dentro de la economía informal, lo que dificulta su medición.

En contraste, sectores vinculados como la pornografía sí ofrecen datos más claros. Plataformas digitales como OnlyFans han evidenciado el impacto económico del contenido para adultos, con cientos de millones de usuarios y miles de millones de dólares en ingresos anuales.

De acuerdo con ONUSIDA, alrededor del 0.6 % de las mujeres mayores de 15 años en el mundo participan en intercambios sexuales por dinero, cifra que aumenta en regiones como el África subsahariana. No obstante, estas estimaciones suelen construirse con métodos indirectos ante la falta de registros confiables.

Estudios más recientes, apoyados en la digitalización, han permitido aproximaciones más precisas. Investigaciones en Países Bajos y el norte de Bélgica, basadas en anuncios en línea, sitúan la proporción de trabajadoras sexuales entre el 0.15 % y el 0.18 % de la población femenina.

Además, las formas de intercambio están cambiando. En Suecia, por ejemplo, un 8 % de jóvenes entre 15 y 19 años reportó haber enviado contenido sexual o acordado encuentros a cambio de dinero, lo que refleja el impacto de la tecnología en este ámbito.

Sin embargo, detrás de los números persiste una realidad compleja. En Alemania, testimonios recogidos por Deutsche Welle evidencian que, en muchos casos, el trabajo sexual no es una elección, sino resultado de coerción o vulnerabilidad. Esto ha reavivado el debate sobre modelos regulatorios como el nórdico.

Casos recientes en España también muestran la cara más grave del fenómeno. Autoridades desarticularon redes de trata de personas con fines de explotación sexual, donde víctimas —principalmente migrantes— eran captadas mediante aplicaciones digitales y obligadas a ejercer bajo esquemas de deuda.

El estudio económico del trabajo sexual, aunque limitado, resulta clave para distinguir entre una actividad dentro de la economía informal y redes criminales, así como para diseñar políticas públicas que protejan a las víctimas y atiendan un fenómeno que combina mercado, desigualdad y derechos humanos.

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