BBC World / Durante más de un siglo, un miembro de la familia Belville visitaba el Observatorio Real de Greenwich al menos tres veces por semana. Él o ella ponía la hora en un reloj y recorría Londres para vender esa información a sus clientes.

Cuando la última de las vendedoras de tiempo de la familia, Ruth, murió en 1943, había pasado más de medio siglo registrando la hora y transmitiéndola.

Un rival, St John Wynne, trató de arruinar el emprendimiento. Pero le salió el tiro por la culata: al final, simplemente impulsó el negocio de Belville.

Wynne, tratando de captar clientes para su propia empresa de sincronización horaria, pronunció un discurso publicado más tarde en el diario Times, afirmando que el método Belville estaba “graciosamente desactualizado”.

También insinuó que Ruth Belville usaba sus artimañas femeninas para conseguir clientela.

Cómo empezó
El negocio de los Belville era una empresa familiar, iniciada por John Henry Belville en 1836.

Era hijo de un refugiado que huyó de la Revolución Francesa y luego se convirtió en pupilo y aprendiz de John Pond, el Astrónomo Real.

(Como nota al margen, al describir a Belville a un colega, Pond dijo que el joven era “firme aunque no inteligente”.)

Las empresas de principios del siglo XIX que necesitaban saber la hora exacta, como los relojeros, los bancos y las empresas de la City londinense, generalmente enviaban a un empleado al Observatorio Real para golpear la puerta y pedir ver el reloj.

El sucesor de Pond, George Airy, se cansó de esto y limitó el acceso a una vez por semana, los lunes.

Las empresas que dependían del tiempo no estaban contentas con este recorte en el servicio, lo que le dio a Belville la oportunidad de iniciar su empresa de distribución de tiempo.

Como exasistente de Pond, tenía acceso y visitaba el Observatorio de Greenwich todas las mañanas.

Lo primero que hacía era configurar su cronómetro de bolsillo, antes de viajar en su buggy hacia los clientes, que pagaban una tarifa para verlo y configurar sus propios relojes.

Cuando murió en 1856, tenía más de 200 suscriptores.

Su tercera esposa y única viuda, María, asumió el puesto.

Y cuando María murió, su hija Elizabeth Ruth, conocida como Ruth, se convirtió en vendedora de tiempo.

Todos los Belville usaban el mismo reloj confiable de John Arnold (originalmente hecho para el duque de Sussex, quien lo rechazó porque dijo que “parecía un orinal”).

Era una idea asombrosamente simple, tan simple que pioneros más tecnológicos subestimaron su genialidad.

“El tiempo es dinero”
Wynne (a veces escrito Winne) se dirigió a un grupo de concejales de la ciudad de Londres para señalar la posibilidad de errores en el método Belville.

El director de la Standard Time Company dijo a los asistentes a su conferencia que “las irregularidades de los relojes públicos de Londres son directamente responsables de una inmensa cantidad de pérdidas financieras”.

Describió los “inconvenientes” del sistema Belville y culpó de los “caprichos actuales” a la “apatía mostrada por el gobierno, el consejo del condado de Londres, la corporación de la ciudad y el público”.

“Podría resultarle divertido a los presentes saber cómo se distribuyó el GMT en el comercio de relojes”, dijo.

“Una mujer que poseía un cronómetro obtuvo permiso del Astrónomo Real de la época (tal vez ningún simple hombre hubiera podido lograrlo) para visitar el Observatorio y corregirlo tantas veces como quisiera”.

“El negocio lo lleva hasta el día de hoy su sucesora, que creo que sigue siendo una mujer”.

Wynne, después de haber insultado a casi todo el mundo, comparó desfavorablemente a Londres con París, Berlín y “otras ciudades continentales”, antes de reprender a los propietarios de relojes privados por “no reconocer sus responsabilidades” y lamentarse de la “actitud hacia el tiempo en general” del público.

Estaba interesado en promover la Standard Time Company, una empresa comercial que suministraba impulsos eléctricos horarios a relojes con corrección automática.

Un editorial del Times sobre los “relojes mentirosos” provocó un gran debate en las páginas de lectores.

Un tal señor John Cockburn de Upper Norwood sugirió “cierta crítica en cuanto a la hora de los relojes expuestos a la vista del público en las calles de Londres”:

“No es raro encontrar en un radio de cien metros relojes con tres o cuatro minutos de diferencia entre sí. Aunque el individualismo es muy deseable en muchos aspectos, está fuera de lugar en la relojería”.

“Un cronometrador mentiroso es una abominación y no debe ser tolerado”.

H. Berthoud, de Wimbledon, puso la pluma sobre el papel para decir que había oído a “muchos extranjeros” exclamar sorprendidos de que Londres no tenía un reloj exacto en “todos los cruces más importantes de la metrópoli”.

Y un tal Robert Orb se mostró particularmente indignado: “En Berna y en Neuchâtel los relojes públicos se controlaban neumáticamente hace 25 años”.

“Casi al mismo tiempo, todas las oficinas telegráficas del Imperio indio recibieron una señal horaria precisamente a las cuatro de la tarde; y sin embargo, aquí estamos en Londres, en 1908 d. C., deambulando neciamente y con impotencia con innumerables ‘relojes mentirosos’ que no sólo son un escándalo y una desgracia, pero que además causan grandes pérdidas pecuniarias a la comunidad”.

“La desalentadora indiferencia y estupidez del público, liderado por estúpidos órganos municipales y otros órganos de gobierno, que parlotean sobre el trabajo práctico, pero son incapaces de apreciar la profundidad del significado del dicho inglés: el tiempo es dinero”.

Todos los hombres enojados que escribieron a los periódicos no parecieron darse cuenta del impacto de lo que decían sobre el humilde negocio de Ruth Belville.

Lejos de incitar a la gente a abandonar sus métodos anticuados y abrazar el sincronismo electrónico, las cartas permitieron a muchos que no se habían suscrito previamente a enterarse sobre este servicio.

Se puso de moda tener un servicio tan personalizado, y había cierto prestigio en poder permitirse una actualización tres veces por semana.

La atención de los medios le valió a Belville el apodo de Greenwich Time Lady (Dama del Tiempo de Greenwich) y apareció en publicaciones como Tatler e Evening News.

Más tarde dijo que Wynne le había dado gran publicidad.

Donald De Carle, miembro del Instituto Británico de Relojería (y autor de numerosos trabajos canónicos sobre el tema), conoció y entrevistó a Ruth Belville en 1939, un año antes de su jubilación.

Describió cómo se dirigía al Observatorio Real para llegar antes de las 09:00 horas para comprobar su reloj y obtener un certificado de exactitud.

De Carle dijo: “Ella siempre se refería al reloj como Arnold, como si fuera el nombre de pila de un querido amigo”.

“Decía: ‘¡Buenos días! Arnold está cuatro segundos adelantado hoy’ y sacaba a Arnold de su bolso y te lo entregaba”.

“El regulador o reloj estándar era chequeado y se devolvía el reloj; ese era el final de la transacción”.

Habiendo fijado la hora de Arnold, pasaba el resto del día llevándole el tiempo a sus clientes.

Belville mantuvo un negocio estable hasta 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial dificultó que la mujer de 86 años pudiera caminar con seguridad por las calles.

Murió tres años después, con Arnold a su lado, que legó al museo de la Compañía de Relojeros.

Cuando finalmente se le acabó el tiempo, su obituario se publicó en varios periódicos nacionales.

La tradición de los Belville murió con la Dama del Tiempo de Greenwich.

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