Un nuevo estudio científico concluye que el Tyrannosaurus rex vivió más tiempo y tardó más en alcanzar su tamaño máximo de lo que se creía. La investigación, publicada en la revista PeerJ, indica que este dinosaurio no alcanzó su masa adulta —cercana a las ocho toneladas— sino hasta entre los 35 y 40 años de edad, y no alrededor de los 25, como sostenían estimaciones previas.

Durante décadas, los científicos calcularon la edad y el ritmo de crecimiento del T. rex contando los anillos anuales visibles en los huesos fosilizados de las patas. Sin embargo, un equipo de investigadores analizó 17 especímenes con una técnica de luz polarizada que permitió identificar anillos de crecimiento antes invisibles.

A diferencia de los árboles, los huesos de dinosaurio solo conservan registros de los últimos 10 a 20 años de vida. Para resolver esta limitación, los científicos aplicaron un modelo estadístico que combinó datos de individuos en distintas etapas de desarrollo, desde juveniles tempranos hasta adultos, lo que permitió reconstruir su crecimiento año por año.

Los resultados muestran que el T. rex crecía de forma más lenta y variable, permaneciendo gran parte de su vida en un tamaño corporal intermedio, en lugar de alcanzar rápidamente los 12 metros de longitud. El espaciamiento irregular de los anillos sugiere que su crecimiento dependía de la disponibilidad de recursos y de las condiciones ambientales.

Según la autora principal del estudio, Holly Woodward, este patrón explica el éxito evolutivo del T. rex como depredador dominante, ya que ocupó distintos nichos alimenticios a lo largo de su vida, hasta competir casi exclusivamente con otros ejemplares de su misma especie.

El estudio también aporta nuevos elementos al debate sobre la posible existencia de más de una especie dentro de lo que tradicionalmente se ha clasificado como Tyrannosaurus rex. Variaciones en las curvas de crecimiento entre especímenes refuerzan la hipótesis de que algunos fósiles podrían pertenecer a especies distintas, como el Nanotyrannus, aunque los autores señalan que la evidencia aún no es concluyente.

Además, el hallazgo de nuevos tipos de anillos de crecimiento plantea la necesidad de revisar los métodos tradicionales utilizados para estudiar el desarrollo de los dinosaurios, lo que podría modificar de forma amplia la comprensión científica sobre su biología y evolución.

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