Los ataques a infraestructuras hídricas, históricamente poco frecuentes en conflictos armados, comienzan a emerger como un nuevo frente de alto riesgo en Oriente Medio. La reciente ofensiva contra plantas desalinizadoras —clave para el suministro de agua potable en la región— marca un punto de inflexión con potenciales consecuencias humanitarias y geopolíticas de gran escala.
Una planta en Baréin resultó dañada tras un ataque con drones atribuido a Irán, según autoridades locales. El incidente ocurrió un día después de que Teherán denunciara un ataque similar en la isla de Qeshm, que habría afectado el suministro de agua en decenas de comunidades.
La escalada se da en medio de crecientes tensiones tras el ultimátum del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien amenazó con atacar infraestructura energética iraní si no se reabría el estratégico estrecho de Ormuz. En respuesta, Irán advirtió que podría golpear instalaciones críticas, incluyendo plantas de desalinización.
Infraestructura vital en riesgo
En una de las regiones más áridas del planeta, el agua desalinizada no es un lujo, sino una necesidad estructural. Países como Arabia Saudita, Omán y Kuwait dependen en gran medida de estas plantas para abastecer a su población.
- En Emiratos Árabes Unidos, el 42% del agua potable proviene de desalinización.
- En Arabia Saudita, la cifra alcanza el 70%.
- En Omán, el 86%.
- En Kuwait, hasta el 90%.
“El agua es la vida”, advirtió el canciller emiratí Abdalá bin Zayed al Nahyan, subrayando la gravedad de los ataques.
Un blanco estratégico sin precedentes
Especialistas advierten que atacar el suministro de agua podría detonar un conflicto aún más devastador que el actual. La economista Esther Crauser-Delbourg alertó que cruzar esta línea implicaría un cambio radical en la naturaleza de la guerra.
El antecedente más cercano se remonta a la Guerra del Golfo, aunque en la última década se han registrado incidentes aislados en Yemen y Gaza.
Impacto potencial: crisis humanitaria y económica
Las consecuencias de ataques sostenidos podrían ser severas:
- Desabasto de agua potable en ciudades densamente pobladas como Dubái o Riad
- Racionamientos prolongados
- Desplazamientos masivos de población
- Impacto económico en turismo, industria y centros de datos
Además, estas instalaciones son altamente vulnerables: dependen de energía constante y pueden verse afectadas por contaminación marina, como derrames petroleros.
¿Hay margen de contención?
A pesar del riesgo, existen mecanismos que podrían mitigar el impacto inmediato. Muchas plantas están interconectadas y cuentan con reservas de agua que pueden cubrir entre dos y siete días de consumo.
Sin embargo, la advertencia es clara: si los ataques escalan, el agua podría convertirse en el recurso más estratégico —y más vulnerable— del conflicto.
En una región donde la escasez es la norma, el paso de la guerra hacia el control del agua no solo redefine el campo de batalla, sino que coloca a millones de civiles en el centro de una crisis sin precedentes.






