En los suelos húmedos de los bosques y en la materia orgánica en descomposición habita un organismo que está cambiando la forma en que la ciencia entiende la inteligencia y la toma de decisiones. Se trata de Physarum polycephalum, un moho mucilaginoso —conocido popularmente como blob— que, pese a no tener cerebro ni sistema nervioso, es capaz de resolver laberintos, optimizar rutas y adaptarse con sorprendente precisión a su entorno.
Este organismo, actualmente clasificado dentro del Reino Protista, ha captado la atención de neurocientíficos, ingenieros, urbanistas y filósofos por demostrar que la inteligencia puede surgir sin neuronas. Physarum vive en ambientes húmedos y se alimenta de bacterias y materia orgánica, pero su comportamiento revela una complejidad inesperada: puede “recordar” caminos, evitar obstáculos previamente recorridos y modificar sus decisiones en función de experiencias pasadas.
Inteligencia sin cerebro
La clave de su comportamiento radica en el movimiento de su protoplasma, que oscila de manera rítmica cada dos minutos. Estas pulsaciones internas generan patrones coordinados que le permiten explorar el espacio, evaluar opciones y reforzar las rutas más eficientes hacia el alimento.
Desde el año 2000, diversos experimentos han demostrado estas capacidades. En pruebas realizadas en Japón, Physarum resolvió laberintos encontrando siempre el trayecto más corto entre dos puntos. En estudios posteriores, como los realizados en la Universidad de Toulouse, el organismo aprendió a evitar sustancias amargas, mostrando una forma básica de memoria y aprendizaje.
El experimento de Tokio
Uno de los estudios más emblemáticos se realizó en 2010, cuando investigadores japoneses replicaron el mapa del área metropolitana de Tokio con un gel y colocaron alimento en los puntos que representaban estaciones de metro. Al liberar al moho en el centro, este comenzó a extenderse y conectar los nodos de forma natural.
El resultado fue sorprendente: la red generada por Physarum coincidía en gran medida con el sistema real del metro de Tokio, pero con una ventaja notable: era más eficiente, al eliminar conexiones redundantes y priorizar rutas de menor costo energético. Sin cálculos ni planos, el organismo aplicó principios similares a los del diseño urbano moderno.
Aplicaciones científicas y tecnológicas
Estos hallazgos han convertido a Physarum polycephalum en un modelo de estudio para la biocomputación. Su cuerpo funciona como un sistema de cálculo vivo, capaz de resolver problemas de optimización, adaptación y conectividad sin procesadores ni software.
Investigaciones actuales exploran su posible aplicación en robótica blanda, sistemas bio-cibernéticos, diseño de infraestructuras, prótesis y materiales autorregulables. En países como España también se han realizado simulaciones inspiradas en este organismo, aplicadas a redes de carreteras y transporte urbano.
Un desafío filosófico
Más allá de la ciencia y la tecnología, Physarum plantea interrogantes profundos sobre qué es la inteligencia. Su existencia demuestra que la toma de decisiones puede ser una respuesta emergente a la información del entorno, sin conciencia ni razonamiento abstracto.
En un contexto global donde se buscan sistemas más sostenibles, adaptativos y eficientes, este “hongo ingeniero” sugiere que muchas respuestas podrían encontrarse en la naturaleza misma. Tal vez, las soluciones más avanzadas no estén en los grandes laboratorios tecnológicos, sino bajo nuestros pies, avanzando lentamente, pero con una lógica implacable.






