Seis años después, los hermanos Jarman vuelven con su noveno álbum de estudio y lo hacen sonando exactamente a lo que siempre han sido: casa. Selling A Vibe no busca reinventar nada ni subirse a tendencias ajenas; apuesta, sin complejos, por la fidelidad absoluta a un indie brit rock que les ha dado respeto internacional sin convertirlos nunca en fenómeno global.
El disco avanza durante 40 minutos sin sobresaltos ni giros impostados. Hay alguna guitarra más distorsionada, algún coro especialmente efectivo, pero el núcleo permanece intacto. Las canciones funcionan no por el riesgo, sino por la coherencia. Las letras destilan experiencia y acompañan melodías reconocibles, construidas desde la honestidad de una banda que siempre ha operado como outsider y que ha hecho de esa posición su mayor fortaleza.
La autenticidad vuelve a ser el eje. No es un detalle menor en un grupo que tuvo que pelear durante años para recuperar los derechos y el control de su música. Esa batalla marcó su identidad y explica por qué en Selling A Vibe no hay concesiones ni guiños innecesarios: volver a las raíces no es una estrategia, es su estado natural.
A lo largo de las 12 canciones, The Cribs se mueven cómodos entre guitarras crudas, estribillos directos y una sensación constante de familiaridad. Never The Same, uno de los temas más “hiteables”, resume bien el espíritu del álbum. “Never the same”, cantan. Y sí, es the same, pero con gusto, convicción y oficio.
Selling A Vibe no pretende convencer a nuevos públicos ni romper moldes. Es un disco para quienes entienden que, a veces, mantenerse fiel al origen no es estancarse, sino resistir. Y en eso, The Cribs siguen siendo ejemplares.
La de Hoy Querétaro






