Australia sumó a su vasta y peculiar fauna una nueva especie que ya despierta asombro entre científicos y público: una abeja con “cuernos” en el rostro, bautizada como Megachile (Hackeriapis) lucifer. El hallazgo fue anunciado por la Universidad Curtin en noviembre de 2025 y tuvo lugar en Australia Occidental, una región marcada por la presión ambiental y la actividad minera.
La responsable del descubrimiento es la investigadora Kit Prendergast, de la Escuela de Ciencias Moleculares y de la Vida, quien detectó a la especie en 2019 mientras analizaba una flor críticamente amenazada. Desde el primer momento, la apariencia del insecto llamó su atención. La hembra presenta unas protuberancias frontales inusuales, descritas por la científica como “cuernos increíbles”, un rasgo que inspiró el nombre “Lucifer”.
Prendergast explicó que el bautizo también tuvo un guiño cultural. Seguidora de la serie Lucifer, consideró que el nombre encajaba con el aspecto singular de la abeja. Más allá de la anécdota, el hallazgo tiene un peso científico relevante: se trata del primer nuevo miembro de este grupo de abejas descrito en más de 20 años.
“El descubrimiento nos recuerda cuánta vida queda aún por identificar”, señaló la investigadora, quien subrayó que muchas especies permanecen invisibles para la ciencia, especialmente en zonas amenazadas por la minería y otros desarrollos industriales.
Prendergast advirtió que numerosas empresas mineras no realizan estudios específicos sobre la presencia de abejas nativas, lo que podría provocar la pérdida de especies fundamentales sin que siquiera se tenga registro de su existencia. “Sin saber qué abejas nativas existen y qué plantas dependen de ellas, corremos el riesgo de perder ambas antes de darnos cuenta”, alertó.
La científica recordó que casi todas las plantas con flor dependen de polinizadores silvestres, en particular de las abejas, pero la destrucción de hábitats y el cambio climático mantienen a muchas especies al borde de la extinción. En ese contexto, la abeja “Lucifer” no solo destaca por su apariencia inquietante, sino por su valor como indicador de la riqueza biológica que aún permanece oculta.



