Tras los acontecimientos que sacudieron a Caracas el fin de semana pasado, una de las preguntas centrales en los círculos diplomáticos y políticos es por qué Estados Unidos decidió respaldar a Delcy Rodríguez como presidenta encargada de Venezuela, en lugar de apoyar a la líder opositora María Corina Machado, cuyo movimiento reivindica haber ganado las elecciones presidenciales de 2024.
De acuerdo con exfuncionarios y analistas citados por medios estadounidenses, la respuesta de la administración de Donald Trump se resume en una prioridad: estabilidad antes que democracia. Así lo expresó Charles Shapiro, exembajador de Estados Unidos en Venezuela durante el gobierno de George W. Bush, al señalar que Washington optó por “mantener el régimen sin el dictador”, dejando intacta gran parte de la estructura de poder chavista tras la captura de Nicolás Maduro.
La decisión ha sido calificada como arriesgada, pero, según los analistas, la alternativa —un respaldo inmediato a Machado y un cambio de régimen abrupto— implicaba peligros mayores, como divisiones internas en la oposición y el rechazo de un sector significativo de la población que votó por el chavismo.
Las declaraciones públicas de Trump reforzaron esta línea. En una conferencia de prensa, el mandatario descalificó a Machado al afirmar que “no tiene el respeto” de Venezuela, mientras describió a Rodríguez como “amable”. Para Kevin Whitaker, exsubjefe de misión de la embajada estadounidense en Caracas, estas palabras implicaron una deslegitimación indirecta de todo el movimiento opositor que respaldó a Machado en las urnas.
La rapidez con la que Maduro fue detenido y Rodríguez asumió el control interino alimentó especulaciones sobre una posible participación de la exvicepresidenta en el operativo. Sin embargo, Phil Gunson, analista senior del International Crisis Group (ICG), descarta esta hipótesis y subraya que el poder real en Venezuela sigue concentrado en figuras como el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el ministro del Interior, Diosdado Cabello, ambos aliados históricos de Maduro.
Según Gunson, el respaldo a Rodríguez responde a advertencias previas sobre los riesgos de un colapso institucional. Un informe del ICG publicado en octubre alertó a Washington sobre los escenarios de violencia y caos que podrían surgir tras un cambio de régimen inmediato, incluyendo posibles acciones armadas de sectores de las fuerzas de seguridad.
Un reporte del Wall Street Journal reveló que un análisis clasificado de inteligencia estadounidense coincidió con esa evaluación y concluyó que figuras del propio régimen, entre ellas Rodríguez, estaban en mejor posición para encabezar un gobierno temporal.
Desde esta óptica, la Casa Blanca considera a Rodríguez una interlocutora viable para objetivos estratégicos: reapertura del sector petrolero a empresas estadounidenses, mayor cooperación antidrogas y un eventual distanciamiento de Venezuela respecto a Cuba, China y Rusia, a cambio de un levantamiento gradual de sanciones.
No obstante, los analistas coinciden en que el margen para una transición democrática real es limitado. Aunque el secretario de Estado, Marco Rubio, habló de un plan en tres fases que culminaría en una transición, el propio Trump descartó elecciones en el corto plazo al afirmar que primero “hay que arreglar el país”.
Para Shapiro, el paralelismo histórico es claro. Así como Hugo Chávez designó a Maduro como su sucesor mediante el llamado “dedazo”, hoy Delcy Rodríguez asciende al poder bajo lo que el exembajador define como “el dedazo de Trump”. Una decisión pragmática para Washington, pero cuyo costo político y social, advierten los expertos, sigue recayendo sobre la población venezolana.






