La vitamina C, también conocida como ácido ascórbico, no solo es esencial para la salud humana, sino que ha desempeñado un papel clave en la historia de la ciencia. En 1747, el médico escocés James Lind realizó uno de los primeros ensayos clínicos controlados de la historia, a bordo de un barco de la Marina Real, para investigar el escorbuto, enfermedad que durante largos viajes podía resultar más peligrosa que cualquier enemigo. Lind seleccionó a 12 marineros con síntomas similares y los dividió en seis parejas, probando diversos remedios desde sidra hasta agua de mar. En apenas una semana, los hombres que recibieron dos naranjas y un limón diarios se recuperaron lo suficiente como para cuidar del resto de la tripulación, demostrando que los cítricos eran la clave para combatir la enfermedad, aunque la vitamina C como tal no se identificó hasta 1912 y fue aislada y producida químicamente por primera vez en 1933.

Con el tiempo, se descubrió que la vitamina C cumple muchas otras funciones en el organismo más allá de prevenir el escorbuto. Es necesaria para cicatrizar heridas, formar nuevo tejido conectivo y fortalecer órganos, huesos, cartílagos, vasos sanguíneos y piel, además de facilitar la absorción del hierro. Su efecto antioxidante refuerza el sistema inmunológico y contribuye a la protección frente a enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. Debido a que el cuerpo humano no puede sintetizar esta vitamina, debemos consumirla a diario mediante la dieta, pues al ser hidrosoluble no se almacena en el organismo. Las recomendaciones generales señalan que las mujeres adultas deben ingerir unos 75 miligramos diarios, mientras que los hombres necesitan aproximadamente 90 mg, sin exceder los 2.000 mg diarios para evitar posibles efectos adversos.

Aunque las frutas cítricas como naranjas y limones son conocidas por su contenido en vitamina C, existen otras variedades con concentraciones mucho mayores. Entre ellas destacan la kakadu australiana, que puede contener entre 2.300 y 3.150 mg por cada 100 gramos de pulpa, y el camu-camu amazónico, con 1.600 a 3.000 mg por 100 gramos. Ambas frutas han sido utilizadas por comunidades indígenas durante siglos, tanto como alimento como medicina natural. La acerola, originaria del Caribe y América Central, aporta alrededor de 1.700 mg por 100 gramos y se consume fresca, en jugos, mermeladas o suplementos, mientras que el escaramujo europeo ofrece entre 100 y 1.300 mg por 100 gramos y ha sido valorado tradicionalmente por sus propiedades para combatir resfriados.

Otras fuentes de vitamina C menos conocidas, pero igualmente poderosas, incluyen la grosella india, que mantiene su contenido incluso después del secado; el fruto del baobab africano, con cerca de 495 mg por 100 gramos de pulpa deshidratada; y la guayaba, cuyo contenido puede superar los 500 mg por 100 gramos y que sigue madurando tras la cosecha, facilitando su consumo y transporte. Además, frutas más familiares como la grosella negra, el kiwi SunGold, la papaya, la fresa y, por supuesto, la naranja, continúan siendo excelentes opciones para garantizar la ingesta diaria de este nutriente esencial.

El conocimiento sobre la vitamina C combina siglos de historia, tradición y ciencia moderna, recordándonos la importancia de incluir diariamente en nuestra dieta frutas y vegetales ricos en este nutriente para mantener la salud, fortalecer el sistema inmunológico y prevenir enfermedades.

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