El elemento más emblemático de Halloween es la Jack O’Lantern, una calabaza tallada con rostro iluminado desde dentro. Su parpadeo simboliza el vínculo entre el misterio y la celebración. La especie más usada es Cucurbita pepo, ideal por su forma y resistencia.

Sin embargo, no siempre se tallaron calabazas. En la Irlanda del siglo XVIII, la tradición comenzó con nabos. La leyenda cuenta que Jack el Tacaño engañó al diablo y fue condenado a vagar por la Tierra con una brasa dentro de un nabo hueco, convertido así en “Jack de la linterna”.

El origen de Halloween se remonta al festival celta Samhain, que marcaba el fin de la cosecha y el inicio del año nuevo. Durante esa noche se creía que el límite entre vivos y muertos se desvanecía, y las linternas talladas servían para ahuyentar a los espíritus malignos.

La Gran Hambruna irlandesa (1845-1849), provocada por el hongo Phytophthora infestans, devastó las cosechas de patatas y forzó la migración masiva hacia Estados Unidos. Los inmigrantes irlandeses llevaron consigo la tradición, pero al no encontrar nabos, usaron calabazas, abundantes y fáciles de tallar. Así nació la versión moderna de la Jack O’Lantern.

Con el tiempo, las calabazas dejaron de tener una función protectora para convertirse en un símbolo festivo universal. Sin embargo, estudios recientes advierten que, una vez talladas, pueden desarrollar hongos como Penicillium o Fusarium, capaces de afectar a personas inmunocomprometidas. En hospitales o entornos sanitarios se recomienda desecharlas al primer signo de descomposición.

De símbolo ancestral contra los espíritus a icono del entretenimiento moderno, la Jack O’Lantern representa la evolución cultural de Halloween: una fusión entre el miedo, la memoria y la creatividad.

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