El petróleo venezolano volvió al centro de la agenda internacional a inicios de 2026 tras la captura del presidente Nicolás Maduro por tropas de Estados Unidos y las declaraciones de Donald Trump sobre la riqueza energética del país. El foco mediático, sin embargo, descansa sobre una realidad más profunda: Venezuela es una potencia petrolera por razones geológicas excepcionales.

La explicación no es política ni coyuntural. Es estructural. La posición geográfica de Venezuela, su historia tectónica, la extensión de sus cuencas sedimentarias y la interacción prolongada entre relieve, clima y tiempo geológico crearon condiciones únicas para la generación, migración y acumulación de hidrocarburos a escala mundial.

Desde el punto de vista geológico, el país está dividido en dos grandes bloques separados por la cordillera de los Andes, que atraviesa el occidente por los estados de Táchira, Mérida y Trujillo. Esta cadena montañosa, donde se alza el Pico Bolívar con más de cinco mil metros de altura, desempeñó un papel clave en la formación de cuencas profundas y en la concentración del crudo.

La combinación de montañas elevadas con amplias cuencas planas facilitó que los sedimentos ricos en materia orgánica se acumularan, se enterraran y, con el paso de millones de años, se transformaran en petróleo. Ese mismo proceso permitió que el crudo migrara y quedara atrapado en estructuras geológicas favorables.

El elemento decisivo es la tectónica de placas. Venezuela se localiza en el borde norte de América del Sur, donde interactúan la placa Sudamericana, la del Caribe y la de Nazca. Este choque continuo generó fallas, pliegues y trampas estructurales que funcionan como reservorios naturales.

El empuje entre placas enterró profundamente la roca madre, generó el petróleo y luego permitió su desplazamiento hacia capas superiores más porosas. Así se formaron dos regiones emblemáticas: la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada la mayor acumulación de hidrocarburos del mundo, y los yacimientos del Lago de Maracaibo.

Estas mismas condiciones explican la calidad del crudo venezolano. Se trata, en su mayoría, de petróleo extrapesado y ácido, con alto contenido de azufre y mayor dificultad de refinación. No es un defecto, sino una característica. Este tipo de crudo es particularmente valioso para la producción de diésel y combustible para aviones, con usos industriales específicos.

El origen del petróleo venezolano se remonta a cientos de millones de años. En el subsuelo existe una gruesa secuencia de rocas sedimentarias finas, depositadas en antiguos ambientes marinos y pantanosos, con abundante materia orgánica microscópica como algas y fitoplancton. Bajo presión y temperatura, esa materia se transformó lentamente en hidrocarburos.

A ello se suma la presencia generalizada de roca madre del Cretácico, de altísima calidad, junto con areniscas que funcionan como excelentes rocas reservorio. Las fallas geológicas actuaron como conductos naturales para que el petróleo migrara y quedara atrapado en estructuras explotables.

La industria petrolera venezolana comenzó a desarrollarse a gran escala en 1914 con el descubrimiento del campo Mene Grande, en la cuenca de Maracaibo. Durante décadas, empresas internacionales lideraron la exploración. Para finales de los años treinta, Venezuela ya era el tercer mayor productor mundial de petróleo.

En más de un siglo de explotación se han identificado alrededor de 75 mil millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos, incluidos 28 yacimientos gigantes. Pero el verdadero origen de esa riqueza no está en la superficie ni en la política: está en una configuración geológica rara, compleja y difícilmente replicable en otra parte del mundo.

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