El 22 de febrero de 2020, el estadounidense Mad Mike Hughes transportó un cohete casero al desierto de Mojave con una misión que lo obsesionaba: probar por sí mismo que la Tierra era plana. Fue su tercer intento; el último. Hughes murió tras estrellarse pocos segundos después del despegue.

Su historia resulta extrema, pero no aislada. A lo largo del mundo y de la historia humana, creencias extraordinarias —desde el terraplanismo hasta teorías conspirativas o la fe en fuerzas sobrenaturales— han persistido a pesar de la evidencia científica. ¿Por qué, si el cerebro humano evolucionó para interpretar con precisión la realidad?

Una reciente revisión publicada en Trends in Cognitive Sciences ofrece una explicación distinta a la que tradicionalmente sostienen psicólogos y científicos sociales. La tesis es provocadora: las personas creen en lo extraordinario por las mismas razones por las que creen en cualquier cosa —porque sus experiencias las convencen de que es real.

Más que irracionalidad: tres vías para lo increíble

Durante años, dos explicaciones han dominado el debate académico:

  1. Sesgos cognitivos — mecanismos mentales rápidos que interpretan patrones donde quizá no los hay.
  2. Dinámicas sociales — creencias adoptadas por pertenencia, identidad o cohesión grupal.

Si bien estos factores influyen, el nuevo planteamiento sostiene que la experiencia personal no solo importa, sino que puede ser determinante. Sus autores identifican tres formas en que moldea creencias extraordinarias:


1. La experiencia como filtro

La Tierra parece plana desde la superficie. Ese dato visual, aunque engañoso, vuelve más intuitivo el terraplanismo que otras teorías igual de falsas —por ejemplo, una Tierra en forma de cono. Lo visible filtra lo creíble.

2. La experiencia como chispa

Fenómenos desconcertantes como la parálisis del sueño, acompañada de sensación de presencia o presión en el pecho, pueden alimentar narrativas sobre espíritus o seres malignos. Lo inexplicable busca explicación.

3. La experiencia como prueba vivida

Rituales inmersivos —oración, sustancias psicoactivas, trance— pueden generar vivencias intensas que se interpretan como confirmación. En ciertas culturas, el contacto con “antepasados” bajo efectos alucinógenos no solo se cree, sino que se experimenta.


¿Creer lo improbable es peligroso?

No siempre. La religión y otras creencias extraordinarias brindan sentido, consuelo y comunidad, funciones humanas esenciales. Sin embargo, la desinformación científica o política —como conspiraciones antivacunas— puede tener efectos graves en salud pública y gobernanza.

Comprender el papel de la experiencia podría abrir nuevas rutas para enfrentar la desinformación: no basta contradecir con datos; es necesario transformar cómo las personas viven y perciben la realidad.

Ver para creer… pero también creer para ver

La historia de Mad Mike Hughes ilustra un dilema profundo. Las creencias extraordinarias no nacen solo de ignorar la evidencia, sino de interpretar el mundo a través de vivencias, emociones y comunidad. Quienes creen en lo increíble raramente actúan desde la locura, sino desde convicción.

Tal vez el reto no sea ridiculizar al creyente, sino entender por qué aquello increíble le parece cierto. Solo así será posible dialogar con un mundo cada vez más fracturado entre hechos, percepciones y experiencias.

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