Una de las grandes incógnitas de la biología evolutiva es por qué los rasgos polimórficos —como variaciones de color, forma o comportamiento— persisten dentro de una misma especie, cuando la selección natural debería, en teoría, favorecer únicamente las formas más “óptimas”.

Dos estudios complementarios publicados este jueves en la revista Science aportan nuevas claves para responder a ese dilema, a partir del análisis de la variación de color en dos especies de lagartos. La conclusión central es que el polimorfismo no depende solo de la genética, sino de una interacción compleja entre genes, plasticidad biológica, entorno ecológico y dinámicas sociales.

Uno de los estudios se centra en el lagarto de manchas laterales (Uta stansburiana), una especie famosa por el polimorfismo de color en la garganta de los machos —naranja, azul y amarillo—, asociado a distintas estrategias reproductivas que los científicos comparan con el juego de “piedra, papel o tijera”.

Los machos de garganta naranja (“piedra”) son agresivos y territoriales, buscan monopolizar varias hembras; los azules (“tijera”) son monógamos y cooperan entre sí para defender a su pareja; y los amarillos (“papel”) imitan el comportamiento de las hembras para infiltrarse en territorios ajenos y aparearse sin ser detectados. En esta dinámica cíclica, los naranjas suelen imponerse a los azules, los azules a los amarillos y los amarillos a los naranjas.

La novedad del estudio es que esta diversidad no se explica por tres variantes genéticas independientes, como se creía, sino por la interacción entre dos alelos de un mismo gen y la plasticidad fenotípica. Dos alelos generan dos estados de color, mientras que el tercero emerge dependiendo del entorno.

“Las diferencias alélicas en un gen, junto con la plasticidad modulada por el medio ambiente en la expresión génica, generan y mantienen el polimorfismo en este lagarto”, señalan los autores.

Cuando el polimorfismo colapsa

El segundo trabajo analiza a la lagartija común (Podarcis muralis), una especie europea en la que los morfos de color naranja, amarillo y blanco coexistieron durante millones de años, regulados por la variación de dos genes y por preferencias de apareamiento entre individuos del mismo color.

Ese equilibrio, sin embargo, se rompió con la aparición de un nuevo conjunto de rasgos —conocido como “síndrome viral”— que introdujo individuos más oscuros y verdosos, con cuerpos y cabezas más grandes y un comportamiento dominante. La selección sexual favoreció de forma contundente este nuevo fenotipo, que se expandió rápidamente y desarticuló la dinámica que mantenía la diversidad ancestral.

El resultado: hoy las poblaciones presentan una coloración blanca prácticamente uniforme.

Los investigadores detectaron que los genes responsables de estos nuevos rasgos dominantes no son los mismos que originaban los morfos de color tradicionales, lo que sugiere que el colapso del polimorfismo no fue genético, sino ecológico y conductual. Cambios en el entorno y en la selección sexual alteraron los mecanismos que antes estabilizaban la diversidad.

Plasticidad, contexto y evolución

En conjunto, ambos estudios muestran que las trayectorias evolutivas dependen tanto de la base genética como de la plasticidad y del contexto social y ecológico. En Uta stansburiana, la plasticidad permite que color y comportamiento cambien según las condiciones ambientales, favoreciendo la coexistencia de múltiples estrategias reproductivas. En Podarcis muralis, en cambio, la selección sexual impulsó un fenotipo dominante que terminó por borrar la diversidad previa.

Un dato clave es que el gen SPR está implicado en la variación de color en ambas especies, cuyos linajes se separaron hace unos 180 millones de años. Esto indica que los mecanismos genéticos de la coloración se han conservado a lo largo del tiempo, aunque sus efectos evolutivos dependen del contexto.

Así, la investigación refuerza una idea central: la evolución no siempre premia una sola “mejor” forma, sino que puede sostener —o eliminar— la diversidad según cómo interactúan genes, ambiente y comportamiento social.

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