El 14 de diciembre de 1972, al dar sus últimos pasos sobre la superficie lunar, el comandante del Apollo 17, Gene Cernan, dejó un mensaje que aún resuena: “Nos vamos como vinimos y, si Dios quiere, como regresaremos, con paz y esperanza para toda la humanidad”. Sus huellas fueron, hasta hoy, las últimas impresas por un ser humano en la Luna.
Más de 50 años después, la misión Artemis II marcará el regreso de astronautas a las proximidades del satélite natural, aunque sin aterrizaje. El contraste temporal plantea una pregunta inevitable: ¿por qué se dilató tanto el retorno?
La variable decisiva: voluntad política
Historiadores y exfuncionarios de la NASA coinciden en un diagnóstico central: la exploración lunar exige compromisos sostenidos durante décadas, algo difícil en contextos políticos cambiantes.
Teasel Muir-Harmony, curadora de la colección Apollo del Museo Nacional del Aire y el Espacio, subraya que enviar humanos a la Luna implica inversiones “extremadamente complejas, muy costosas e importantes”, que deben ser prioridad a largo plazo. Sin continuidad presupuestaria y estratégica, los programas se cancelan, rediseñan o posponen.
Les Johnson, extecnólogo jefe de la NASA, resume el problema: cada cuatro u ocho años, las metas de vuelos tripulados han sido alteradas radicalmente. Administraciones sucesivas priorizaron —según el momento— la Luna, asteroides, estaciones espaciales o Marte. Esa volatilidad ralentizó avances técnicos que requieren estabilidad.

¿Por qué no replicar Apollo?
Aunque las comparaciones entre Apollo y Artemis son inevitables, recrear el programa de los años sesenta no es viable.
Wayne Hale, exgerente del programa del transbordador espacial, lo sintetizó con ironía: “Lo que tenía de malo Apollo es que terminó”. Las cadenas de suministro, la infraestructura industrial y muchos procesos de fabricación desaparecieron o evolucionaron. Reiniciar exactamente la misma arquitectura tecnológica implicaría costos y riesgos injustificables.
Además, aunque las computadoras modernas superan ampliamente a las de Apollo, los vuelos espaciales tripulados siguen siendo operaciones de alta complejidad, donde la miniaturización o la potencia informática no simplifican automáticamente los desafíos físicos, energéticos y de seguridad.
Diferencias tecnológicas sustanciales
El salto entre Apollo y Artemis es profundo. La nave Orión incorpora sistemas de vuelo miles de veces más potentes, mayor espacio habitable y mejoras críticas en soporte vital.
Incluso aspectos aparentemente menores, como los baños, reflejan la evolución. Mientras Apollo empleaba soluciones rudimentarias, Orión ofrece un compartimento privado, coherente con tripulaciones mixtas y estancias más largas. Detalles de habitabilidad que antes eran secundarios hoy forman parte central del diseño.
Un nuevo objetivo: presencia sostenible
Apollo cumplió la meta simbólica de “banderas y huellas”. Artemis persigue algo distinto: construir infraestructura para que los astronautas vivan y trabajen en la Luna de forma prolongada.
Esto implica módulos de aterrizaje reutilizables, hábitats, sistemas energéticos y el aprovechamiento de recursos locales, como el hielo en los polos lunares. Ya no se trata solo de llegar, sino de permanecer.
Las misiones robóticas, como el Orbitador de Reconocimiento Lunar, han sido clave para identificar sitios estratégicos y recursos potenciales que respalden esa ambición.
El papel de la industria privada
Desde 2020, la NASA opera cada vez más como cliente de empresas comerciales. Compañías como SpaceX, Boeing y Blue Origin participan en el desarrollo de vehículos y sistemas.
Este ecosistema diversifica capacidades, reparte riesgos y acelera innovación. También redefine la economía espacial, donde contratos a largo plazo sustituyen estructuras estatales monolíticas.
Geopolítica: la nueva carrera lunar
Si Apollo estuvo marcado por la rivalidad con la Unión Soviética, Artemis se desarrolla bajo la competencia estratégica con China.
Estados Unidos ha promovido los Acuerdos Artemis, suscritos por más de 60 países, que establecen principios para una exploración pacífica y sostenible. China, con planes propios de alunizaje hacia 2030, no forma parte de este marco.
La presión geopolítica puede acelerar calendarios, pero la NASA insiste en equilibrar ambición y seguridad. Las lecciones de tragedias como Apollo 1, Challenger y Columbia redefinieron la cultura del riesgo.
Una cuestión existencial
James W. Head, científico vinculado al programa Apollo, recuerda un argumento de largo alcance, atribuido al astronauta John Young: las especies de un solo planeta no perduran.
Más allá de la política o la competencia internacional, la exploración lunar se inserta en una narrativa mayor: expansión, supervivencia y desarrollo tecnológico.
Después de medio siglo, el regreso humano a la Luna no es una repetición del pasado, sino el inicio de una etapa distinta. Ya no se trata de dejar huellas, sino de construir presencia.






