“Cuando la vi por primera vez, no podía creer el estado en el que se encontraba”. Así describió la restauradora italiana Pinin Brambilla su encuentro inicial con La última cena, una de las obras más emblemáticas de Leonardo da Vinci.
Corría 1977 cuando Brambilla asumió la monumental tarea de rescatar el mural, ubicado en el refectorio del monasterio de Santa Maria delle Grazie, en Milán. La pintura, encargada por Ludovico Sforza hace más de cinco siglos, estaba prácticamente irreconocible: cubierta por múltiples capas de yeso, pintura y restauraciones fallidas.
Un deterioro que comenzó casi de inmediato
El mayor problema de la obra no fue el paso del tiempo, sino una decisión del propio Da Vinci. En lugar de emplear la técnica tradicional del fresco —que fija los pigmentos sobre yeso húmedo— optó por un método experimental aplicando pintura sobre superficie seca.
El resultado fue desastroso: apenas 20 años después de terminada, la obra comenzó a deteriorarse. Con el paso de los siglos, la humedad del muro, el humo de la cocina cercana, actos vandálicos durante la Revolución Francesa y los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial agravaron su estado.
Incluso, en 1652, los monjes abrieron una puerta en la pared que destruyó parte inferior del mural, eliminando los pies de la figura de Cristo.
Restauraciones que deformaron la obra
Antes de Brambilla, al menos seis restauradores intentaron “salvar” la pintura, pero terminaron alterando profundamente las figuras. Los apóstoles cambiaron de fisonomía, edades y expresiones, perdiendo el carácter original concebido por Da Vinci.
Ante este panorama, la restauradora italiana decidió emprender un trabajo minucioso: estudiar cada intervención previa, identificar materiales utilizados y retirar capa por capa sin dañar la pintura original, extremadamente frágil.
Una labor de más de 20 años
El proceso fue lento y casi quirúrgico. Brambilla y su equipo trabajaron en fragmentos diminutos, de apenas unos centímetros, utilizando lupas e instrumentos especializados para retirar siglos de intervenciones.
Cada sección podía tomar meses o incluso años. Además, el trabajo se vio interrumpido por factores técnicos, burocráticos e incluso visitas oficiales.
Tras más de dos décadas, en 1999, la restauración concluyó. El resultado devolvió a la obra gran parte de su expresividad original: rostros más definidos, detalles visibles en la mesa y una narrativa visual más cercana a la intención de Da Vinci.
Entre la crítica y la reivindicación
Aunque algunos especialistas consideran que se eliminó demasiado material original, otros sostienen que la restauración permitió redescubrir la esencia de la obra.
Para Brambilla, el objetivo se cumplió: recuperar la humanidad y el dramatismo de los personajes en el momento en que Cristo anuncia la traición.
Sin embargo, también dejó una huella personal. “Por cada obra que restauro, una parte se queda conmigo”, confesó. Al terminar, sintió una profunda tristeza, como si se despidiera no solo de una pintura, sino de una parte de sí misma.





