Hay conceptos científicos que, por repetidos, pierden su capacidad de asombro. Uno de ellos es el de los “años luz”, una medida de distancia que equivale a cerca de 9.46 billones de kilómetros y que permite dimensionar la inmensidad del universo.
Para entenderlo mejor, basta recordar que la luz del Sol tarda apenas ocho minutos en llegar a la Tierra, mientras que la de la galaxia de Galaxia de Andrómeda ha viajado aproximadamente 2.5 millones de años antes de ser visible para nosotros.
Sin embargo, estas cifras palidecen frente a los verdaderos límites del cosmos.
La huella del origen del Universo
La luz más antigua que los científicos han detectado no proviene de una estrella o galaxia, sino del llamado fondo cósmico de microondas, una radiación que se originó poco después del Big Bang, hace aproximadamente 13,800 millones de años.
Esta luz comenzó su viaje cuando el Universo tenía apenas unos 300 mil años, en un momento conocido como “recombinación”, cuando los fotones pudieron moverse libremente por primera vez. Desde entonces, ha recorrido el espacio hasta llegar a nosotros, convirtiéndose en una especie de “huella digital” del origen del cosmos.
Incluso, parte de esa radiación podía percibirse como interferencia en los antiguos televisores analógicos, en forma de estática.
La luz más antigua de objetos individuales
Si hablamos de objetos específicos, el récord lo tienen galaxias extremadamente lejanas como JADES-GS-z14-0, cuya luz fue emitida cuando el Universo tenía apenas 300 millones de años.
Más recientemente, una candidata aún más antigua, MoM-z14, podría haber emitido su luz incluso antes, lo que la convertiría en uno de los objetos más remotos jamás observados.
En ambos casos, lo que vemos hoy es literalmente el pasado: una imagen de cómo eran esas galaxias hace más de 13 mil millones de años.
¿La luz es eterna?
Desde el punto de vista físico, la luz no “se apaga” como tal. De acuerdo con principios como la conservación de la energía, un fotón —la partícula de la luz— puede transformarse o ser absorbido, pero su energía no desaparece.
En teoría, si un fotón viajara por el vacío sin interactuar con nada, continuaría existiendo indefinidamente. Y si interactúa con la materia, su energía simplemente cambia de forma.
En otras palabras: la luz no tiene fecha de caducidad.
Cada vez que miramos al cielo nocturno, no solo observamos estrellas, sino también fragmentos del pasado profundo del Universo, mensajes luminosos que han cruzado miles de millones de años para llegar hasta nosotros.





