El 1 de agosto de 1926 amaneció con un silencio inusual en México. Las campanas de las iglesias permanecieron inmóviles y los templos dejaron de celebrar misas, bautizos, matrimonios, funerales y cualquier otro acto religioso. Por primera vez en la historia del catolicismo, el episcopado mexicano suspendía el culto público en todo el país como respuesta a las políticas impulsadas por el gobierno de Plutarco Elías Calles.
Aquella decisión representó el punto de quiebre de un conflicto que ya se gestaba desde años atrás y que terminaría convirtiéndose en una de las guerras civiles más sangrientas del siglo XX en México: la Guerra Cristera o La Cristiada.
El origen de un conflicto
La confrontación no surgió de un solo hecho. De acuerdo con los historiadores consultados por BBC Mundo, sus raíces se encuentran tanto en la Constitución de 1917 como en las Leyes de Reforma impulsadas décadas antes por Benito Juárez para consolidar la separación entre la Iglesia y el Estado.
Tras la Revolución Mexicana, los gobiernos posrevolucionarios buscaron fortalecer un Estado laico y limitar la influencia política, social y económica de la Iglesia católica. La Constitución estableció restricciones que impedían a las instituciones religiosas dirigir escuelas, poseer propiedades, formar órdenes monásticas y participar en diversos ámbitos de la vida pública.
Sin embargo, fue durante el gobierno de Plutarco Elías Calles cuando estas disposiciones comenzaron a aplicarse con mayor rigor mediante la reforma al Código Penal conocida como la Ley Calles.
La legislación contemplaba multas para sacerdotes que utilizaran sotanas en espacios públicos, obligaba a los ministros de culto a registrarse ante las autoridades para ejercer su ministerio, limitaba el número de sacerdotes permitidos y establecía sanciones para quienes criticaran las políticas oficiales.
La suspensión del culto
Como respuesta, el episcopado mexicano suspendió todas las celebraciones religiosas a partir del 1 de agosto de 1926.
La medida, considerada por especialistas como una de las decisiones más drásticas tomadas por la Iglesia en cuatro siglos de presencia en México, buscaba presionar al gobierno para revertir las restricciones.
No obstante, la suspensión también provocó que las autoridades ocuparan numerosos templos, realizaran inventarios de bienes religiosos y destinaran algunos inmuebles a escuelas, bibliotecas u otros usos públicos. Diversos testimonios de la época señalan que algunos edificios fueron saqueados o profanados, hechos que incrementaron el descontento entre la población católica.
Del conflicto religioso a la guerra
Apenas tres días después del cierre de los templos se registraron los primeros enfrentamientos armados en Guadalajara, donde un grupo de fieles tomó una iglesia ocupada por tropas gubernamentales.
Ese episodio marcó el inicio de una guerra que se prolongó durante casi tres años y dejó alrededor de 250 mil muertos, según las cifras citadas en el documento.
Los combatientes que se levantaron contra el gobierno adoptaron el nombre de “cristeros”, inspirado en su consigna: “¡Viva Cristo Rey!”.

Los enfrentamientos se concentraron principalmente en estados del Bajío, como Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas y Colima, regiones donde el arraigo del catolicismo era especialmente fuerte.
Un movimiento impulsado desde la sociedad
Los especialistas consultados sostienen que no existen evidencias de que la jerarquía católica organizara directamente el levantamiento armado.
En cambio, los documentos apuntan a la participación de la Liga Nacional de la Libertad Religiosa, una organización integrada por abogados, intelectuales y hacendados que buscaba defender el ejercicio de la fe católica.
Aunque algunos sacerdotes participaron en los combates, los historiadores coinciden en que fueron una minoría frente al total del clero existente en el país.
Mientras tanto, la persecución religiosa también alcanzó a numerosos civiles. Existen registros judiciales de personas detenidas por rezar en sus hogares, impartir catequesis o poseer imágenes religiosas y libros de oración.
El papel decisivo de las mujeres
Uno de los aspectos más relevantes del conflicto fue la participación femenina.
Historiadores citados en el reportaje sostienen que las mujeres desempeñaron un papel fundamental tanto en la organización como en el sostenimiento del movimiento cristero.
Además de alentar a familiares a unirse a la resistencia, miles participaron en las Brigadas Juana de Arco, organización que llegó a reunir entre 20 mil y 25 mil integrantes.
Las brigadistas realizaban labores de abastecimiento, atención de heridos, comunicación, traslado de armas y apoyo logístico para los combatientes, convirtiéndose en una pieza clave para el desarrollo del movimiento.
Los acuerdos que pusieron fin a la guerra
En junio de 1929, representantes del gobierno y del episcopado alcanzaron acuerdos verbales conocidos como “los arreglos”.
El entendimiento permitió reabrir los templos y reanudar las celebraciones religiosas, mientras que las autoridades se comprometieron a aplicar de manera menos estricta la legislación anticlerical.
Sin embargo, ni la Constitución ni la Ley Calles fueron modificadas.
Diversos historiadores consideran que ninguna de las partes obtuvo una victoria absoluta. Los cristeros mantenían capacidad militar, pero no podían derrotar al Estado, mientras que el gobierno enfrentaba un conflicto prolongado que afectaba la estabilidad política y económica del país.
Un episodio silenciado
Tras el fin de la guerra, el tema prácticamente desapareció del debate público durante varias décadas.
De acuerdo con los especialistas citados, existió un acuerdo tácito entre autoridades civiles y eclesiásticas para evitar reabrir heridas que aún permanecían vivas. El conflicto apenas aparecía en los libros de texto y tampoco ocupaba un lugar relevante en el discurso de la Iglesia.
Fue hasta la década de 1990, con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano y la posterior canonización de varios mártires de la Cristiada, cuando este episodio comenzó a recuperar espacio en la memoria histórica del país.
A casi un siglo del inicio de la Guerra Cristera, el conflicto continúa siendo uno de los capítulos más complejos de la historia nacional, al reflejar las tensiones entre el proyecto de un Estado laico y la libertad religiosa, así como las profundas divisiones políticas y sociales que marcaron al México posrevolucionario.






