“Los humanos, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”. La frase no proviene de una autora optimista por temperamento, sino de una mujer que vivió el derrumbe civilizatorio del siglo XX. Hannah Arendt conoció la primera posguerra, huyó del nazismo, fue refugiada, escribió sobre campos de concentración, estudió el totalitarismo y cubrió el juicio contra Adolf Eichmann, uno de los organizadores del Holocausto. Pese a ello, sostuvo una convicción: cada nacimiento inaugura una posibilidad, no un destino.

Arendt nació en 1906 en Alemania, en una familia judía. Con el ascenso del nazismo escapó a París; en 1941 llegó a Estados Unidos y vivió dieciocho años sin nacionalidad. En 1951 publicó Los orígenes del totalitarismo, obra decisiva para comprender cómo regímenes modernos eliminan lo político y convierten a la población en masa administrada. Allí habló del “mal radical”. Años después, tras observar a Eichmann en un tribunal de Jerusalén, describió algo distinto: la “banalidad del mal”. No el monstruo excepcional, sino el hombre común que obedece sin pensar, técnico eficiente que cumple órdenes y cuida de su familia mientras contribuye al exterminio.

El concepto detonó rechazo y debate. Arendt mostró que el mal puede ejecutarse sin odio fervoroso, amparado en leyes y procedimientos. El totalitarismo necesita burócratas dóciles, no solo fanáticos. Su pregunta central no fue moral sino política: ¿cómo juzgar crímenes cometidos desde la obediencia?, ¿cómo repensar justicia, responsabilidad y acción en un mundo donde millones pueden cooperar con la destrucción sin sentir culpa?

Su obra no se limita al horror. En La condición humana insistió en la natalidad como fundamento de la acción. Cada vida introduce novedad en el mundo y abre la posibilidad de interrumpir inercias. No planteó consuelos fáciles; rechazó fatalismos y optimismos. Propuso comprender la experiencia histórica sin categorías gastadas. Pensar para orientarse, no para confirmar certezas. Actuar en común como condición de la libertad. Cuidar el mundo como tarea política irrenunciable.

Cincuenta años después de su muerte, Arendt sigue sin pertenecer a ninguna tribu ideológica. Ni la izquierda la asume como propia, ni la derecha la reivindica. Su vigencia reside en la incomodidad que produce. Obliga a mirar donde no se quiere mirar: a los engranes anónimos del mal, a la fragilidad de lo político, a la capacidad humana de iniciar algo nuevo incluso después de la catástrofe.

Su frase inicial no suena a consigna, sino a recordatorio. No nacemos para concluir, sino para comenzar.

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