En plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de boy scouts soviéticos entregó al embajador de Estados Unidos en Moscú, W. Averell Harriman, un obsequio tallado a mano: una reproducción del Gran Sello estadounidense. El gesto, presentado como símbolo de amistad entre las dos potencias aliadas, terminó siendo una de las operaciones de espionaje más ingeniosas de la historia.

Detrás de la madera de arce del escudo se ocultaba un dispositivo de escucha conocido después como “La cosa”, capaz de interceptar conversaciones diplomáticas durante siete años sin ser detectado.

Un oído escondido en el arte

El micrófono —sin batería, sin cables y sin emitir calor— se activaba solo cuando un transceptor remoto soviético enviaba una señal de alta frecuencia, reflejando las vibraciones de las voces dentro de la residencia del embajador estadounidense.

El invento fue obra de Léon Theremin, músico e ingeniero ruso creador del primer instrumento electrónico del mundo, el theremin, cuya tecnología de ondas electromagnéticas inspiró el funcionamiento del dispositivo espía.

Su descubrimiento fue accidental: en 1951, un operador de radio británico en Moscú interceptó la frecuencia del micrófono y escuchó, sin entenderlo al principio, conversaciones diplomáticas estadounidenses. Al año siguiente, una revisión de seguridad reveló la intrusión.

Arte y espionaje

La “Cosa” combinó precisión mecánica y manipulación simbólica. Oculta en una pieza de arte decorativo, se aprovechó de la confianza cultural hacia los objetos bellos y de la aparente inocencia del arte como regalo diplomático.

Para los servicios soviéticos, fue un éxito técnico y psicológico. “Durante mucho tiempo, nuestro país pudo obtener información importante que nos dio ventajas durante la Guerra Fría”, reconoció años más tarde Vadim Goncharov, uno de los técnicos que la operaban.

De secreto de Estado a evidencia pública

El dispositivo permaneció en secreto hasta 1960, cuando Estados Unidos lo exhibió ante el Consejo de Seguridad de la ONU tras el derribo de un avión espía U-2 sobre territorio soviético. Washington buscaba demostrar que el espionaje no era unidireccional.

Sin embargo, la sofisticación del aparato se mantuvo clasificada durante décadas. Recién en 1987, el exagente Peter Wright reveló sus detalles en su libro Spycatcher.

Desde entonces, “La cosa” es considerada una obra maestra de la ingeniería encubierta, un punto de inflexión en la historia de la vigilancia técnica y un recordatorio de que, en la Guerra Fría, incluso el arte podía escuchar.

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