El 25 de enero de 1995, durante poco más de una hora, el mundo estuvo peligrosamente cerca de una catástrofe nuclear, en uno de los episodios más alarmantes de la posguerra fría.

Ese miércoles invernal, operadores militares rusos detectaron en sus radares del norte del país el lanzamiento de un cohete desde la costa de Noruega. El proyectil ascendía rápidamente y seguía una trayectoria que, en apariencia, podía corresponder a un misil balístico lanzado desde un submarino estadounidense. En ese escenario, Moscú podía ser alcanzada en apenas 15 minutos por múltiples ojivas nucleares.

La alerta fue transmitida de inmediato al Kremlin. El entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, activó por primera vez el llamado “maletín nuclear”, el sistema que permite autorizar un contraataque atómico. En cuestión de minutos, él y sus asesores debieron evaluar si se trataba del inicio de una agresión nuclear y si debían responder.

El incidente se produjo en un contexto en el que muchos asumían que ese tipo de tensiones habían quedado atrás tras el colapso de la Unión Soviética. Sin embargo, el sistema de disuasión nuclear seguía vigente: ante la posibilidad de un ataque masivo, la doctrina preveía una represalia inmediata para garantizar la destrucción mutua asegurada.

Durante ese lapso, los mercados financieros se estremecieron y gobiernos, mandos militares y medios de comunicación entraron en una carrera frenética por obtener información fiable. Agencias de noticias rusas llegaron a informar erróneamente que un misil había sido derribado.

A las 14:52 GMT, la tensión comenzó a disiparse. La agencia Interfax corrigió su versión: el sistema de alerta ruso había detectado un lanzamiento, pero el cohete había impactado en territorio noruego. Poco después, autoridades de Noruega confirmaron que se trataba de un lanzamiento pacífico.

El cohete formaba parte de un programa científico rutinario destinado a estudiar la aurora boreal. Había sido lanzado desde una base civil y alcanzó una altitud inusualmente alta, de 1.457 kilómetros, antes de caer en el mar cerca de la isla ártica de Spitzbergen, lejos del espacio aéreo ruso.

Lo más inquietante fue que Noruega había notificado oficialmente a Rusia semanas antes. El 14 de diciembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores noruego envió avisos a los países implicados. Por razones nunca aclaradas, la advertencia no llegó a las instancias militares clave en Moscú.

El episodio expuso la fragilidad de los sistemas de alerta y la dependencia crítica de una comunicación perfecta. Un solo mensaje extraviado estuvo a punto de desencadenar una respuesta nuclear.

Tras el incidente, Yeltsin confirmó públicamente que había utilizado el maletín nuclear. Algunos sectores en Rusia interpretaron sus declaraciones como una maniobra política, pero analistas occidentales discreparon sobre la gravedad real del episodio. Para un exfuncionario de la CIA, fue “el momento más peligroso de la era de los misiles nucleares”. Otros expertos, como el investigador de la ONU Pavel Podvig, lo consideraron serio, pero no el más crítico de la historia nuclear.

Días después, Rusia calificó oficialmente lo ocurrido como un “malentendido” y descartó cualquier mala fe por parte de Noruega. Aun así, el incidente quedó como un recordatorio inquietante: incluso después del fin de la Guerra Fría, un cohete científico inofensivo fue suficiente para llevar al mundo al borde del desastre.

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