El 10 de octubre de 1957, un incendio en la central nuclear de Windscale, en el noroeste de Inglaterra, provocó el peor accidente nuclear en la historia del Reino Unido. El fuego, que ardió durante tres días, liberó material radiactivo sobre buena parte del país y Europa, en un episodio que el gobierno intentó minimizar durante décadas.

Windscale —hoy conocida como Sellafield— fue construida en plena Guerra Fría con un objetivo militar: producir plutonio para el programa de armas atómicas británico. La urgencia por alcanzar a Estados Unidos y la Unión Soviética llevó a acelerar el diseño de los reactores, lo que derivó en errores estructurales.

El incendio comenzó el 8 de octubre de 1957, durante una operación rutinaria de liberación de energía acumulada en el grafito del reactor. El sobrecalentamiento de los elementos de uranio causó la ruptura de sus cápsulas y el contacto directo con el aire, iniciando la combustión. Las temperaturas superaron los 1.300 °C. Los operarios intentaron contener el fuego empujando las barras encendidas hacia una piscina de enfriamiento, sin éxito. Finalmente, lograron sofocarlo al cortar el suministro de aire.

Durante el siniestro se liberaron grandes cantidades de yodo-131 y otros isótopos radiactivos. El gobierno ordenó destruir toda la leche producida en un radio de 800 km² y prohibió su distribución para evitar daños en la tiroides infantil. Se estima que los filtros de aire instalados capturaron alrededor del 95% de las partículas contaminantes, evitando una catástrofe mayor.

El desastre fue clasificado como nivel 5 en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares —la misma categoría que el accidente de Three Mile Island en 1979—. Pese a ello, el informe oficial, conocido como Informe Penney, fue ocultado por orden del primer ministro Harold Macmillan y sólo se publicó íntegro treinta años después.

Durante años se atribuyeron al accidente alrededor de 240 casos de cáncer, aunque estudios recientes de la Universidad de Newcastle han puesto en duda esa cifra.

El siniestro pudo haber sido aún más devastador de no ser por la insistencia del físico John Cockcroft, premio Nobel de 1951, quien obligó a instalar filtros en las chimeneas de los reactores pese a la oposición de los ingenieros, que calificaron su decisión de “locura”. Esos mismos filtros —las célebres Cockcroft Follies— resultaron cruciales: sin ellos, buena parte del norte de Inglaterra habría quedado inutilizable.

Windscale fue sellada tras el accidente y permaneció cerrada hasta finales de los años 80, cuando comenzó su proceso de descontaminación. Hoy, casi setenta años después, el incendio que el Reino Unido quiso olvidar regresa al debate público gracias a un videojuego inspirado en el desastre, Atomfall, que revive uno de los episodios más oscuros de la historia nuclear europea.

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