En abril de 1919, en la plaza de Trafalgar Square de Londres, una mujer desafió al orden político y moral de su tiempo. Eglantyne Jebb repartía folletos con la imagen de una niña austríaca gravemente desnutrida, símbolo de la devastación que la Primera Guerra Mundial había dejado en Europa. Aquella acción, considerada sediciosa por las autoridades británicas, marcaría el origen de una de las organizaciones humanitarias más influyentes del mundo: Save the Children.
La guerra había terminado un año antes, pero el hambre persistía. Miles de niños morían cada semana en países derrotados como Austria y Alemania, mientras el Reino Unido mantenía bloqueos económicos. Para amplios sectores de la sociedad británica, ayudar a los antiguos enemigos era inaceptable. Para Jebb, era una obligación moral.
La policía la arrestó y fue llevada a juicio por violar las leyes de censura de guerra. Se defendió sola. Admitió haber infringido la ley, pero centró su alegato en la dimensión ética: salvar a los niños del hambre. Fue declarada culpable y multada con cinco libras. El gesto que selló su victoria moral llegó cuando el propio fiscal sacó un billete y se lo entregó para pagar la sanción. Ese dinero se convirtió en la primera donación de Save the Children.
Eglantyne Jebb había nacido en 1876 en una familia acomodada de la campiña inglesa. Estudió historia en la Universidad de Oxford, cuando a las mujeres aún no se les otorgaban títulos formales. Inteligente, carismática y socialmente activa, su vida dio un giro tras la muerte de su hermano menor, Gamul. A partir de entonces, abandonó la vida social y volcó su energía a comprender y combatir la injusticia social.
Trabajó como investigadora social y colaboró con organizaciones de caridad, llegando a la convicción de que la pobreza no era producto de la desgracia, sino de estructuras injustas. Su experiencia en los Balcanes, durante conflictos previos a la Gran Guerra, la confrontó con la brutalidad de la guerra y el sufrimiento de mujeres y niños desplazados. Desde entonces, rechazó cualquier romanticismo bélico.
Tras la guerra, junto con su hermana Dorothy Buxton, denunció públicamente el impacto humanitario de los bloqueos y las políticas de castigo a los países derrotados. La difusión de imágenes de niños famélicos provocó indignación, pero también movilizó conciencias. En medio de insultos y acusaciones de traición, logró recaudar fondos y apoyo social para asistir a la infancia europea.
En 1921 trasladó la sede de Save the Children a Ginebra. Allí, inspirada por la necesidad de una base ética universal, redactó la primera Declaración de los Derechos del Niño. El documento, de cinco puntos, afirmaba que la humanidad debía ofrecer a la infancia lo mejor de sí: alimentación, protección, atención y desarrollo. Fue adoptado en 1924 por la Sociedad de Naciones y sentó las bases de la actual Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU.
Eglantyne Jebb murió en 1928, a los 52 años. No le gustaban los niños en el trato cotidiano, pero los respetó como sujetos de derechos. Ese principio transformó la manera en que el mundo concibe la infancia. Su legado persiste en un marco jurídico y moral que hoy protege a millones de niñas y niños en todo el planeta.






