En 1922, George Owen Squier, general del Ejército de Estados Unidos y brillante científico, tuvo una idea que parecía futurista: ¿y si cualquier espacio habitado pudiera llenarse de música usando los mismos cables que llevaban la electricidad?
Squier no solo lo imaginó, sino que ya había desarrollado la tecnología para transmitir múltiples mensajes, sonidos e incluso imágenes por un solo cable. Su visión era sencilla y revolucionaria: los hogares y oficinas recibirían un pequeño receptor conectado a una red global que reproduciría música para acompañar la vida diaria.
Ese sistema se convertiría en el antecesor de los servicios de streaming actuales, como Spotify, y en la base de la transmisión de televisión.
De la genialidad al desprecio
La creación de Squier fue bautizada como Muzak, y durante décadas acompañó oficinas, fábricas, ascensores y hasta la Casa Blanca. Su música, pensada para ser escuchada de manera pasiva, buscaba suavizar el ambiente y hasta mejorar la productividad laboral.
Sin embargo, su omnipresencia terminó por cansar a millones. La llamaron “música de ascensor” o incluso “tortura auditiva en do mayor”. En 1986, el roquero Ted Nugent llegó a ofrecer 10 millones de dólares para comprar la compañía y cerrarla para siempre.
El origen de la “música de mobiliario”
Curiosamente, años antes, el compositor francés Erik Satie ya había propuesto algo similar: música para ser oída pero no escuchada, que se integrara al entorno como la luz o el calor. A su idea la llamó Musique d’ameublement (“música de mobiliario”).
Aunque en su tiempo fue visto como un excéntrico, su concepto sentó las bases de lo que décadas después se conocería como música ambiental, popularizada por artistas como Brian Eno.
Una red para millones
Squier patentó su invento en 1922 y lo probó en Staten Island, Nueva York, con gran éxito. Para la década de 1930, su compañía —ya renombrada Muzak— ofrecía un catálogo exclusivo de orquestas y bandas que transmitía en bloques de 15 minutos, un sistema que llamaron Estímulo Progresivo para mantener a los oyentes motivados.
Durante los años 50 y 60, su música se volvió omnipresente en hoteles, restaurantes, aeropuertos, fábricas y hasta en cenas familiares.
Entre el rechazo y el legado
El exceso de música de fondo llevó a que surgieran movimientos que pedían su eliminación de espacios públicos, argumentando que era una forma de contaminación sonora. Sin embargo, la idea de “curar el ambiente” con música no desapareció: hoy sobrevive en forma de playlists de Spotify, Apple Music o Amazon Music, diseñadas para crear estados de ánimo específicos.
En 2011, la compañía fue adquirida por Mood Media, que sigue ofreciendo música y contenido para tiendas y negocios.
A pesar de las críticas, la creación de Squier dejó una huella imborrable: transformó la manera en que interactuamos con el sonido y abrió el camino a la era del consumo masivo de música en segundo plano, algo que hoy damos por hecho.





