Desde la Edad Media, los errores en la escritura han sido vistos no solo como descuidos humanos, sino como tentaciones del demonio. Así lo explica el tratado devocional del siglo XV Myroure of Oure Ladye, donde aparece Titivillus, un demonio encargado de recolectar “mil sacos llenos de errores y negligencias en sílabas y palabras” cometidos al leer o cantar textos sagrados. Esos fallos, dice el relato, serían usados como prueba al momento de juzgar el destino de las almas.

La idea no era solo simbólica. A lo largo de los siglos, ciertos errores tipográficos —especialmente en la Biblia— han tenido consecuencias tan graves como duraderas, al grado de marcar carreras, arruinar fortunas y pasar a la historia cultural como ejemplos de cómo una palabra mal puesta puede cambiarlo todo.

Uno de los casos más célebres ocurrió en Inglaterra con Robert Barker, impresor real a inicios del siglo XVII. Barker heredó de su padre el título de Impresor de Su Majestad, una patente exclusiva para imprimir Biblias, lo que lo colocó al frente de la primera edición de la Biblia del Rey Jacobo, publicada en 1611. Aunque la obra se convirtió en el libro más influyente del mundo angloparlante, sus primeras ediciones contenían múltiples errores.

Algunos fueron anecdóticos, como la confusión entre “él” y “ella” en el libro de Rut, que dio origen a versiones conocidas como “La Gran Biblia de Él” y “La Gran Biblia de Ella”. Sin embargo, el error que selló el destino de Barker llegaría dos décadas después.

En 1631, una nueva edición de la Biblia omitió una palabra clave en el Séptimo Mandamiento. Donde debía leerse “No cometerás adulterio”, el texto decía simplemente: “Cometerás adulterio”. Mil ejemplares circularon antes de que el fallo fuera detectado. La reacción fue inmediata y severa: la Corona ordenó retirar todos los libros, impuso fuertes multas a los impresores y les retiró la licencia. Barker terminó arruinado y murió años después en una prisión para deudores. Esa edición pasó a la historia como “La Biblia Malvada” o “La Biblia de los Adúlteros”.

No fue un caso aislado. A lo largo de los siglos se han documentado decenas de Biblias con errores memorables: manuscritos que sustituyeron la “espada” por el “gozo”, textos donde Dios “condena” a la viuda pobre en lugar de elogiarla, salmos en los que “el necio dice en su corazón: hay Dios”, o pasajes que, por una letra faltante, convertían el rechazo en canibalismo.

Incluso en tiempos modernos, cuando la impresión dejó de ser artesanal, los errores persistieron. En 1966, una Biblia transformó “reza por la paz” en “paga por la paz”; en 1970, otro texto afirmó que las tinieblas “dominaron” la luz; y en 1989, una mala negación convirtió a los arrepentidos ninivitas en pecadores obstinados.

Hoy, estas erratas se recuerdan como curiosidades históricas, piezas de colección y advertencias permanentes sobre el poder del lenguaje. Pero también confirman una idea antigua: errar es humano, y pese a correctores automáticos y revisiones infinitas, Titivillus —el demonio de los errores— parece no haberse ido nunca.

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