El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a poner a Groenlandia en el centro del debate internacional al anunciar aranceles contra ocho países europeos que se oponen a sus aspiraciones de que Washington controle la isla. Trump ha insistido en que Groenlandia es clave para la “seguridad nacional” estadounidense y no ha descartado, incluso, el uso de la fuerza.
No sería la primera vez que Estados Unidos intenta ampliar su territorio a costa de Dinamarca. Hace más de un siglo, en un escenario muy distinto y lejos del Ártico, Washington logró quedarse con las entonces llamadas Indias Danesas Occidentales, hoy conocidas como Islas Vírgenes de Estados Unidos.
Qué son las Islas Vírgenes de Estados Unidos
Se trata de un pequeño archipiélago del Caribe, al este de Puerto Rico, cuyas islas principales son Saint Thomas, Saint John y Saint Croix, además de decenas de cayos. Con una población cercana a 83 mil habitantes, es un territorio no incorporado de Estados Unidos: sus residentes son ciudadanos estadounidenses, pero no pueden votar en elecciones presidenciales.
La economía local depende del turismo y su ubicación las hace especialmente vulnerables a los huracanes del Atlántico.
Por qué fueron danesas
Durante siglos, varias potencias europeas se disputaron estas islas estratégicas, utilizadas incluso como refugio de piratas. A finales del siglo XVII, Dinamarca consolidó su control y desarrolló grandes plantaciones de azúcar, sostenidas por el trabajo esclavo de africanos llevados por comerciantes europeos.
Ese pasado colonial aún es visible en nombres como Christiansted y Frederiksted, en honor a monarcas daneses.
El interés estratégico de Washington
Tras la Guerra Civil estadounidense, Washington apostó por expandirse y asegurar su dominio en el continente, en línea con la Doctrina Monroe. Para los estrategas estadounidenses, el puerto natural de Saint Thomas era ideal para el control naval del Caribe.
En paralelo, para Dinamarca las islas habían dejado de ser un activo rentable debido al desplome del mercado del azúcar y a las revueltas de esclavos. En 1867 se firmó un primer tratado de venta por 7.5 millones de dólares en oro, pero el Congreso estadounidense nunca lo ratificó, en parte por la polémica compra de Alaska a Rusia.
La Primera Guerra Mundial lo cambió todo
El estallido de la Primera Guerra Mundial aceleró el proceso. En Washington surgió el temor de que Alemania, si invadía Dinamarca, pudiera hacerse con las islas y utilizarlas como base para submarinos contra Estados Unidos, especialmente tras la apertura del Canal de Panamá.
En ese contexto, ambos países retomaron las negociaciones. En agosto de 1916 acordaron la venta por 25 millones de dólares en oro —unos 630 millones actuales—. Como parte del trato, Estados Unidos se comprometió a respetar el control danés sobre Groenlandia.
La operación fue ratificada por ambos gobiernos y aprobada en un referéndum en Dinamarca, aunque la población local de las islas nunca fue consultada. El 31 de marzo de 1917, la bandera estadounidense fue izada por primera vez en las islas.
La diferencia con Groenlandia
A diferencia de lo ocurrido con las Islas Vírgenes, hoy Dinamarca rechaza cualquier idea de vender Groenlandia. Más de un siglo después, Trump parece aspirar a una escena similar a la de 1917, pero el contexto político, jurídico y social es radicalmente distinto.
Esta vez, Copenhague no quiere vender.




