La actriz francesa Brigitte Bardot, fallecida a los 91 años, encarnó como pocas figuras la sensualidad, la libertad femenina y la ruptura de normas en la segunda mitad del siglo XX, antes de abandonar abruptamente el cine y reinventarse como activista por los derechos de los animales, etapa marcada también por constantes controversias públicas.
Convertida en un símbolo global, Bardot participó en cerca de 50 películas, impuso una estética de sencillez provocadora y contribuyó a forjar la identidad de destinos como Saint-Tropez, en Francia, y Búzios, en Brasil. Su fama, reconoció en una entrevista con AFP en 2024, fue una herramienta que más tarde utilizó para impulsar la protección animal, causa a la que dedicó la segunda mitad de su vida.
Dueña de una personalidad que ella misma consideraba irrepetible, rechazó la idea de ser interpretada por otra actriz en el cine. “No hay ninguna capaz”, afirmó sin titubeos, atribuyendo esa imposibilidad a un rasgo central: su carácter.
Su irrupción definitiva ocurrió en 1956 con Y Dios creó a la mujer, dirigida por Roger Vadim, entonces su esposo. Con apenas 22 años, Bardot protagonizó escenas que desafiaron la moral de la época y generaron escándalo en Francia, aunque despertaron fascinación en Estados Unidos. Su imagen, descalza y ajena a los códigos tradicionales de glamour, se convirtió en referente de una juventud que buscaba romper ataduras sociales y sexuales.
Intelectuales como Simone de Beauvoir vieron en ella a una mujer que hacía “lo que le daba la gana”, cualidad que explicaba tanto su magnetismo como la incomodidad que provocaba. Para analistas y biógrafos, Bardot fue una figura clave en la transformación cultural de su tiempo, más allá de su filmografía.
Esa misma libertad marcó su vida personal. Asediada de forma permanente por la prensa, perdió toda intimidad, incluso durante el nacimiento de su único hijo, episodio que describió años después como traumático. La maternidad quedó asociada a ese acoso extremo, y la relación con su hijo Nicolas fue distante.
Se casó en cuatro ocasiones y mantuvo su residencia en “La Madrague”, en Saint-Tropez, lugar de paso de figuras como Bob Dylan y John Lennon. Con el tiempo, sin embargo, lamentó la transformación del antiguo pueblo de pescadores en un enclave exclusivo para millonarios.
En 1973, con solo 38 años, decidió abandonar el cine sin previo aviso. Desde entonces centró su vida en el activismo animalista, una postura poco común en aquel momento, pero que ayudó a visibilizar, especialmente en su oposición frontal a la tauromaquia. En 1986 fundó la Fundación Brigitte Bardot, dedicada a la protección de los animales.
No obstante, su figura pública se tornó cada vez más controvertida. En las últimas décadas expresó simpatías por la extrema derecha francesa, respaldó a Marine Le Pen y emitió declaraciones contra comunidades migrantes, musulmanas y homosexuales, lo que le acarreó varias condenas judiciales por incitación al odio racial.
Así, Brigitte Bardot dejó una herencia compleja: ícono cultural indiscutible, símbolo de emancipación femenina y, al mismo tiempo, una personalidad marcada por posturas que dividieron profundamente a la opinión pública.






