En lo profundo de la Sierra Tarahumara, donde los caminos son brechas y la atención médica escasea, la historia de Julia Paredes se convirtió en un ejemplo de vocación, resistencia y compromiso.

Con apenas 16 años, en la comunidad de Batopilas, inició su camino en la enfermería al apoyar a un médico pasante. Sin recursos para continuar sus estudios, encontró en el servicio a su comunidad una misión de vida que la llevaría durante más de 30 años a recorrer a caballo zonas remotas para vacunar y atender a poblaciones indígenas y mestizas.

En una región donde habita el pueblo Rarámuri, caracterizado por su movilidad y arraigo a tradiciones ancestrales, la cobertura de salud era mínima a finales de los años 80. Paredes recuerda que la vacunación apenas alcanzaba a un 5% de la población.

Sus primeras jornadas estuvieron marcadas por retos extremos: trayectos de hasta 12 horas, temperaturas superiores a los 40 grados y la necesidad de mantener en condiciones óptimas las vacunas. También enfrentó escenas que la marcaron profundamente, como brotes de sarampión que dejaron múltiples fallecimientos en comunidades enteras.

“Fue mi primer contacto con la muerte”, recuerda. Sin embargo, esas experiencias reforzaron su convicción sobre la importancia de la vacunación.

Ganarse la confianza de las comunidades no fue sencillo. Muchos desconfiaban de las vacunas y preferían métodos tradicionales de curación. Para Paredes, la clave fue el respeto.

“Primero hay que amar a la gente, respetar su cosmovisión, y luego viene la vocación”, afirma.

A lo largo de los años, no solo aplicó vacunas, también atendió partos, curó heridas y salvó vidas en condiciones precarias. Uno de los casos que más recuerda fue el de un hombre mordido por un zorrillo, cuya recuperación atribuye a la aplicación oportuna de tratamientos inspirados en los principios de Louis Pasteur.

Su trabajo la convirtió en un enlace clave entre las autoridades de salud y las comunidades serranas, facilitando la expansión de programas médicos en el estado de Chihuahua.

Tras años de desgaste físico, se trasladó a la capital estatal, donde continuó en labores de vigilancia epidemiológica. Sin embargo, reconoce que la pandemia de COVID-19 trajo consigo nuevos desafíos, como la desinformación y la desconfianza hacia las vacunas.

Hoy, en proceso de jubilación, Paredes mira atrás con orgullo. Su legado no solo se mide en kilómetros recorridos o vacunas aplicadas, sino en vidas salvadas y comunidades que, poco a poco, aprendieron a confiar.

“Lo más bonito fue llegar al corazón de la gente”, concluye.

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