El cromosoma Y surgió hace entre 170 y 180 millones de años a partir de un par ancestral idéntico que dio origen a los cromosomas X e Y. En humanos, determina el sexo masculino junto con el X y contiene entre 45 y 51 genes codificadores, frente a los 900 a 1,400 del X. Entre ellos destaca el gen SRY, clave en el desarrollo masculino.
A lo largo de la evolución, el Y ha perdido la mayoría de sus genes originales. La bióloga Jenny Graves planteó que, de mantenerse el ritmo histórico de pérdida, podría desaparecer en millones de años. La degradación se explica por su transmisión exclusivamente masculina —con alta tasa de divisiones celulares en la producción de esperma— y por su falta de recombinación con un cromosoma homólogo que repare mutaciones.
Otros investigadores, como Jenn Hughes, sostienen que los genes esenciales del Y se han mantenido estables durante unos 25 millones de años y que existe presión evolutiva para conservarlos. El debate permanece abierto. En algunas especies animales ya han surgido sistemas alternativos de determinación sexual tras la pérdida del cromosoma Y.
En paralelo, investigaciones recientes muestran que muchos hombres pierden el cromosoma Y en parte de sus células con la edad. Esta pérdida celular aumenta con los años y se ha asociado con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, Alzheimer, ciertos cánceres y mayor mortalidad por COVID-19. Aún no está plenamente establecida la causalidad, aunque estudios experimentales en modelos animales sugieren efectos directos sobre la salud.
El cromosoma Y no enfrenta una desaparición inminente. Si eventualmente se extinguiera, la evolución podría generar un nuevo sistema de determinación sexual. Su futuro a largo plazo es incierto, pero su estudio continúa ampliando la comprensión sobre biología, envejecimiento y enfermedad.





