Un viejo enigma de la astronomía empieza a resolverse. Desde hace años, los científicos se preguntan por qué tantos objetos del sistema solar exterior presentan una curiosa forma de “muñeco de nieve”. Ahora, un nuevo estudio sugiere que su origen no requiere choques violentos ni procesos exóticos, sino algo mucho más elegante: el colapso gravitatorio.
Investigadores de la Universidad Estatal de Michigan lograron reproducir la formación de estos cuerpos mediante simulaciones computacionales avanzadas. Los resultados fueron publicados en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, una de las más prestigiosas en el campo.
Más allá del cinturón de asteroides, se extiende el Cinturón de Kuiper, una vasta región poblada por planetesimales: bloques helados prácticamente intactos desde los albores del sistema solar. Aproximadamente uno de cada diez de estos objetos pertenece a una categoría peculiar conocida como binarios de contacto, cuerpos compuestos por dos lóbulos redondeados unidos, como si fueran dos esferas pegadas.
Durante años, los modelos teóricos asumían que estos objetos se comportaban como fluidos al colisionar, fusionándose en formas más simples. Sin embargo, las nuevas simulaciones desarrolladas por Jackson Barnes, estudiante de posgrado, introducen un cambio crucial: permiten que los cuerpos mantengan su rigidez estructural.
El resultado fue revelador.
En lugar de violentas colisiones, las simulaciones muestran que los planetesimales pueden formarse a partir de nubes de material diminuto que colapsan bajo su propia gravedad. En ciertos casos, la rotación de estas nubes genera dos cuerpos que comienzan a orbitar entre sí. Con el tiempo —y aquí la palabra clave es tiempo— sus órbitas se reducen gradualmente hasta que ambos objetos hacen contacto de manera suave.
Sin explosiones. Sin destrucción.
Simplemente, dos cuerpos que terminan apoyándose uno contra otro.
“Si cerca del 10 % de los planetesimales son binarios de contacto, el mecanismo que los forma no debería ser raro”, explicó Seth Jacobson, autor principal del estudio. “El colapso gravitatorio encaja perfectamente con lo que hemos observado”.
Las primeras pistas sólidas llegaron en 2019, cuando la nave NASA captó imágenes detalladas de estos objetos gracias a la misión New Horizons. Las observaciones mostraron algo intrigante: muchos de estos cuerpos carecen de grandes cráteres o cicatrices, lo que sugiere historias evolutivas sorprendentemente tranquilas.
Barnes ofrece una explicación sencilla para su estabilidad: en las regiones remotas del sistema solar, las colisiones son extremadamente improbables. Sin impactos que los separen, los lóbulos permanecen unidos durante miles de millones de años.
Como reliquias congeladas del pasado.
El avance no solo respalda una hipótesis largamente debatida, sino que marca un hito metodológico. “Hemos sido capaces de probar esta idea por primera vez de una manera legítima”, subrayó Barnes.
A veces, en el cosmos, la complejidad no surge del caos, sino de la persistencia silenciosa de la gravedad. Y estos extraños “muñecos de nieve” podrían ser la prueba más poética de ello.




