Durante décadas, la geología ha demostrado que África no es un continente estático. En su región oriental, un proceso tectónico de gran escala está generando una extensa grieta que, con el paso de millones de años, podría dividir el continente en dos grandes masas terrestres separadas por un nuevo océano.

El fenómeno corresponde al Rift de África Oriental, una red de fallas geológicas que se extiende desde Etiopía hasta Mozambique. En esta zona, la placa somalí se desplaza lentamente hacia el este respecto a la placa nubia, provocando el estiramiento y adelgazamiento de la corteza terrestre. Este movimiento ocurre a razón de milímetros o centímetros por año, pero es suficiente para generar fracturas visibles en la superficie, como las registradas en Kenia en años recientes.

Desde el punto de vista geológico, el rift representa una fase inicial de ruptura continental. Si el proceso continúa, la corteza podría fracturarse por completo y permitir la entrada del océano, de forma similar a como se formó el Mar Rojo. Estimaciones científicas sitúan este escenario en un horizonte de entre cinco y diez millones de años, descartando cualquier cambio abrupto en escalas de tiempo humanas.

Los especialistas subrayan que una grieta no equivale aún a un océano. Actualmente no existe una masa de agua atravesando el continente, y la eventual formación de un nuevo cuerpo oceánico dependerá de que la corteza se dilate lo suficiente para que el nivel del mar inunde la zona de ruptura. Algunos modelos incluso plantean escenarios parciales o la posibilidad de que el proceso se desacelere o se detenga.

La actividad volcánica y sísmica en la región del Rift confirma que la corteza africana se encuentra bajo tensión constante. Este tipo de procesos no son inéditos en la historia del planeta: el océano Atlántico se originó hace más de 200 millones de años por una ruptura similar entre África y Sudamérica.

Aunque no representa un riesgo inmediato para la población, el Rift de África Oriental constituye un laboratorio natural para estudiar la tectónica activa y la formación de océanos. A largo plazo, podría redefinir la geografía del continente, modificar cuencas hidrográficas y alterar patrones de vulcanismo y sismicidad, ofreciendo una ventana directa a la dinámica profunda de la Tierra.

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