Estados Unidos dio un giro radical a su política nutricional al presentar una nueva pirámide alimentaria invertida, en la que la carne, el pollo, el queso y los lácteos ocupan ahora la base principal, desplazando a los cereales. El cambio, anunciado en enero por el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., va más allá de una recomendación dietética y sienta las bases de los programas gubernamentales de alimentación, desde comedores escolares hasta hospitales y fuerzas armadas.
Entre los ajustes más relevantes está el aumento en la ingesta diaria recomendada de proteínas, que pasa de 0.8 gramos por kilogramo de peso corporal a un rango de entre 1.2 y 1.6 gramos, casi el doble de lo que sugieren la Organización Mundial de la Salud (OMS) y países como Alemania. La medida busca combatir la obesidad y la diabetes, al tiempo que impone mayores restricciones al azúcar, refrescos y alimentos ultraprocesados, incentivando el consumo de ingredientes frescos y la cocina casera.
Aunque frutas y verduras se mantienen como pilares de la dieta, el cambio más visible es la “rehabilitación” de productos como la carne roja, la mantequilla y el queso entero, promovidos ahora como parte de una alimentación basada en “comida real”. Sin embargo, especialistas advierten que esta orientación podría incrementar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, ciertos tipos de cáncer —especialmente el colorrectal—, diabetes tipo 2 y una mayor mortalidad a largo plazo.
En el ámbito institucional, la reducción de alimentos altamente procesados en comedores públicos es vista como un avance positivo, pero expertos señalan que muchas escuelas y dependencias enfrentarán dificultades para cumplir las nuevas directrices debido a limitaciones presupuestarias, falta de personal y problemas en la cadena de suministro.
Cardiólogos y nutriólogos alertan además sobre un posible aumento en el consumo de grasas saturadas y sal, factores clave en el desarrollo de enfermedades del corazón. Organizaciones científicas cuestionan que, pese al discurso sobre diversidad de fuentes proteicas, la carne domina claramente el nuevo esquema.
La independencia científica del cambio también ha sido puesta en duda. La Sociedad Alemana de Nutrición (DGE) criticó la falta de transparencia en el proceso y señaló que no existe evidencia sólida de beneficios adicionales por consumir proteínas de forma permanente por encima de las recomendaciones previas. Asimismo, advirtió que el nuevo modelo ignora criterios de sostenibilidad ambiental y podría favorecer principalmente a los lobbies agrícolas y productores de alimentos de origen animal.
La discusión está abierta: mientras el gobierno estadounidense defiende la nueva pirámide como una apuesta por la “comida real”, expertos en salud y nutrición alertan que la política alimentaria podría estar alejándose de la evidencia científica para responder a intereses económicos y electorales.




