La realidad física del Ártico impone límites claros a cualquier estrategia de Estados Unidos, la OTAN o Europa sobre Groenlandia: el hielo. Este bloquea puertos, cubre yacimientos minerales y convierte las costas en zonas de alto riesgo para la navegación durante todo el año. En estas condiciones, la única forma de operar es mediante rompehielos, buques especializados con cascos reforzados y gran potencia capaces de abrir rutas entre masas heladas.
Estados Unidos cuenta actualmente con solo tres rompehielos, uno de ellos en condiciones operativas muy limitadas. Aunque existen acuerdos para adquirir 11 unidades adicionales, la capacidad real para obtenerlos depende de astilleros extranjeros. Las únicas opciones viables son adversarios estratégicos como China y Rusia, o aliados históricos como Canadá y Finlandia, países que han sido recientemente objeto de presiones políticas y comerciales por parte de Washington.
Finlandia es el actor clave en este ámbito. El país nórdico ha construido cerca del 60 por ciento de la flota mundial de rompehielos, estimada en más de 240 buques, y ha diseñado aproximadamente la mitad del resto. Esta especialización se desarrolló por necesidad en el mar Báltico y hoy constituye una ventaja geoeconómica de alto valor estratégico. Rusia mantiene la mayor flota del mundo, con alrededor de 100 rompehielos, incluidos buques de propulsión nuclear, mientras que Canadá ocupa el segundo lugar y planea duplicar su flota hasta unas 50 unidades.
El interés estadounidense en Groenlandia se ha reactivado por razones de seguridad y recursos naturales. El presidente Donald Trump ha insistido en la importancia estratégica de la isla, tanto para limitar la influencia de Rusia y China como para acceder a minerales críticos, incluidas tierras raras. Sin embargo, especialistas señalan que, aun con una decisión inmediata, Estados Unidos enfrentaría un periodo de dos a tres años con acceso muy limitado a la isla debido a las condiciones del hielo marino.
El cambio climático no ha simplificado este escenario. Aunque la extensión total del hielo disminuye, en determinadas zonas se vuelve más grueso, más móvil y más peligroso. En Finlandia, los inviernos más ventosos han provocado acumulaciones de hielo que pueden alcanzar hasta diez metros de espesor en áreas costeras, lo que incrementa la complejidad de las operaciones. Las autoridades finlandesas estiman que se requerirá al menos la flota actual de rompehielos durante las próximas décadas para garantizar el funcionamiento del comercio marítimo.
En este contexto, la capacidad real de operar en Groenlandia no depende de declaraciones políticas ni de ambiciones estratégicas, sino de un recurso técnico altamente especializado y escaso: los rompehielos. Sin ellos, cualquier proyecto militar, económico o logístico en el Ártico permanece, en términos prácticos, fuera de alcance.






