La de Hoy Querétaro
La publicación de las Guías Alimentarias para los Estadounidenses 2025-2030 provocó reacciones divididas entre médicos y especialistas en nutrición, al introducir cambios relevantes en la pirámide alimenticia oficial, entre ellos un mayor énfasis en las llamadas “proteínas de alta calidad”, como la carne roja, los huevos y los lácteos enteros.
Las directrices, presentadas el 7 de enero en la Casa Blanca por el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS), priorizan el consumo de alimentos “reales, integrales y ricos en nutrientes”, y plantean una reducción marcada de ultraprocesados, azúcares añadidos, carbohidratos refinados y grasas consideradas poco saludables.
Durante la presentación, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., afirmó que las grasas saludables y las proteínas fueron “erróneamente desaconsejadas” en lineamientos anteriores y sostuvo que la nueva política busca “poner fin a la guerra contra las grasas saturadas”.
Sin embargo, expertos subrayan que, pese al cambio de discurso, el límite recomendado para el consumo de grasas saturadas no se modificó y continúa fijado en un máximo del 10 % de las calorías diarias totales. Así lo señaló Nick Norwitz, investigador con formación en Harvard y Oxford, quien explicó que el énfasis real está en la calidad de los alimentos y no en una liberalización plena del consumo de grasas.
Norwitz destacó que alimentos integrales sin procesar, particularmente los lácteos enteros, suelen asociarse con mejores resultados metabólicos. Estudios observacionales vinculan el consumo de queso y otros lácteos fermentados con menor índice de masa corporal, menor incidencia de diabetes y, en algunos casos, menor riesgo de deterioro cognitivo.
Otros especialistas advirtieron que exceder los niveles recomendados de grasas saturadas sigue representando un riesgo claro. La dietista Sherry Coleman-Collins explicó que una ingesta superior al 10 % eleva el colesterol LDL, conocido como “malo”, y con ello el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Subrayó además que la tolerancia a estas grasas varía según edad, sexo, gasto energético y factores genéticos.
La médica Pooja Gidwani, especialista en medicina interna y obesidad, señaló que no todas las personas responden igual a un aumento en grasas saturadas y que, en algunos casos, este incremento puede elevar de forma significativa el LDL o la apolipoproteína B, incluso cuando hay mejoras en peso o glucosa. Añadió que este enfoque requiere mayor cautela a partir de la mediana edad, cuando el riesgo cardiovascular se incrementa.
Los expertos coincidieron en que el mayor consenso se mantiene contra las carnes procesadas, asociadas de forma consistente con peores resultados cardiometabólicos debido a su contenido de sodio, conservadores y aditivos. En contraste, la carne roja no procesada puede integrarse en una dieta equilibrada en cantidades moderadas, especialmente si se acompaña de alimentos vegetales ricos en fibra.
En el caso de los lácteos, varios especialistas señalaron que las opciones fermentadas presentan un perfil metabólico más favorable que productos como la mantequilla o la nata, aunque aclararon que las grasas saturadas no son esenciales para la salud a largo plazo.
De forma general, las recomendaciones clínicas continúan priorizando las grasas insaturadas —como el aceite de oliva, frutos secos, semillas, aguacate y pescado rico en omega 3— como base de la alimentación, mientras que las grasas saturadas deben ocupar un papel secundario.
El consenso entre los especialistas es que la nutrición no depende de un solo nutriente, sino del patrón dietético completo, junto con factores como actividad física, control del estrés y antecedentes de salud.





