La preocupación por aliviar el dolor acompaña al ser humano desde hace miles de años. El registro arqueológico documenta los efectos de la enfermedad desde el Paleolítico, con fracturas consolidadas, artritis y patologías dentales presentes tanto en neandertales como en Homo sapiens arcaicos. Junto a esas huellas de sufrimiento, aparecen también las primeras evidencias de tratamiento y cuidado.
En yacimientos como la cueva de El Sidrón, en Asturias, se ha comprobado que los neandertales consumían plantas con propiedades analgésicas y antibióticas, como la camomila, el ácido salicílico procedente de álamos y hongos del género Penicillium. Estos hallazgos indican un conocimiento empírico del entorno natural y su aplicación terapéutica.
Con la llegada del Neolítico, el sedentarismo transformó el panorama sanitario. La convivencia con animales domésticos, el aumento de la densidad poblacional y las dietas basadas en cereales favorecieron la expansión de infecciones, parasitosis y enfermedades osteoarticulares. La salud empeoró en varios aspectos, pero también se diversificaron las respuestas: trepanaciones craneales, cuidados prolongados a personas dependientes, procedimientos quirúrgicos rudimentarios y un uso sistemático de plantas medicinales y sustancias psicoactivas.
Evidencias similares se han documentado fuera de Europa. En la cueva brasileña de Boqueirão da Pedra Furada, el análisis de heces fosilizadas de hace 8 mil años muestra el uso de plantas para tratar problemas intestinales, respiratorios y parasitarios, lo que confirma un amplio conocimiento farmacológico en comunidades prehistóricas.
El caso más completo es el de Ötzi, el llamado “hombre de hielo”, hallado en los Alpes y fechado en el IV milenio a. e. c. Su cuerpo revela múltiples padecimientos, entre ellos artritis, enfermedades dentales, infecciones intestinales y problemas vasculares. Sin embargo, también portaba remedios: hongos con propiedades antiparasitarias y restos de helechos medicinales. Sus más de sesenta tatuajes, concentrados en zonas doloridas, sugieren un uso terapéutico vinculado al alivio del dolor crónico.
El consumo de sustancias psicoactivas también formó parte de estas prácticas. Plantas como la adormidera, la mandrágora o el beleño aparecen en contextos rituales y funerarios, pero en algunos casos, como el yacimiento de Can Tintorer en Barcelona, su asociación con individuos sometidos a trepanaciones apunta a un uso analgésico durante procesos quirúrgicos y de recuperación.
Muchos de estos recursos naturales siguen presentes en la medicina actual. De los salicilatos surgió la aspirina; de los hongos Penicillium, los antibióticos; y de plantas como la adormidera, los opiáceos modernos. La evidencia arqueológica muestra que la medicina no comenzó con la escritura ni con los tratados clásicos, sino con la observación del cuerpo, el entorno y la necesidad constante de aliviar el sufrimiento humano.





