La forma en que los antiguos mayas midieron el tiempo fue una de las expresiones más avanzadas de su civilización. Su dominio matemático —que incluyó la concepción del número cero— y su profundo conocimiento astronómico les permitió construir sistemas calendáricos de una precisión superior a la de muchas culturas europeas y orientales de la antigüedad.
El historiador Miguel León-Portilla (1926–2019), investigador emérito de la UNAM, sostuvo que los mayas tenían una preocupación central por comprender los ciclos del universo y medirlos con exactitud. En Los afanes cronológicos de los mayas, afirmó que ninguna otra cultura antigua desarrolló tantos módulos calendáricos ni relaciones matemáticas para explicar la naturaleza cíclica del tiempo desde múltiples perspectivas.
El calendario maya no solo servía para registrar hechos históricos —como nacimientos, muertes de gobernantes, guerras o capitulaciones—, sino también para ordenar la vida agrícola, seguir las fases lunares y orientar la espiritualidad. Cada día poseía una carga simbólica específica que influía, según su cosmovisión, en el carácter de las personas y en las decisiones colectivas.
La civilización maya surgió antes del 2000 a.C. en el actual sureste de México, Guatemala, Belice y zonas de Honduras y El Salvador. Aunque su estructura política colapsó, los pueblos mayas continúan existiendo y preservando saberes ancestrales, entre ellos el uso del calendario.
Tres sistemas para medir el tiempo
Los mayas desarrollaron varios métodos de conteo, pero tres calendarios fueron centrales.
El Tzolk’in, o calendario ritual, consta de 260 días y combina 13 números con 20 glifos. Cada fecha expresa una energía o nahual que guía la vida espiritual, social y agrícola. Este sistema, compartido por otras culturas mesoamericanas, sigue vigente en comunidades mayas de Guatemala y el sureste de México.
El Haab’, o calendario solar, está compuesto por 365 días divididos en 18 meses de 20 días, más un periodo final de cinco días. A diferencia del calendario gregoriano, los mayas concebían el cierre de un ciclo como el inicio del siguiente.
La combinación del Tzolk’in y el Haab’ formaba la llamada rueda calendárica, un ciclo de 18 mil 980 días —equivalente a 52 años— que marcaba el inicio y el fin de una era. Al cumplir esa edad, una persona era considerada sabia y simbólicamente renovada.
El tercer sistema fue la cuenta larga, diseñada para registrar fechas a lo largo de siglos y milenios. Utilizaba unidades sucesivas —kin, uinal, tun, katún, baktún— y permitió a los mayas dejar constancia de acontecimientos históricos en estelas de piedra. De este sistema surgió la fecha del 21 de diciembre de 2012, que fue erróneamente interpretada como una profecía del fin del mundo, cuando en realidad marcaba el cierre de un ciclo y el inicio de otro.
Para los mayas, el inicio simbólico del tiempo correspondía al 11 de agosto de 3114 a.C., una fecha asociada, según León-Portilla, a una “última creación del mundo”, no a un límite temporal.
Precisión astronómica
Los mayas calcularon la duración del año trópico en 365.2420 días. El calendario gregoriano, adoptado en el siglo XVI, lo fijó en 365.2425 días, mientras que la medición científica actual es de 365.2422. La diferencia confirma que el cómputo maya fue más preciso.
También calcularon el ciclo sinódico de Venus en 584 días, con un margen de error mínimo, y desarrollaron tablas para predecir eclipses con notable exactitud. Esta precisión se reflejó incluso en su arquitectura, como en Chichén Itzá, donde la sombra proyectada durante los equinoccios forma la silueta de la serpiente Kukulkán.
Un saber vivo
En la actualidad, el calendario maya continúa siendo una guía espiritual y cultural para numerosas comunidades, especialmente en Guatemala. El profesor Julio David Menchú explica que el calendario funciona como una brújula cotidiana que orienta decisiones personales, rituales y colectivas.
Tras décadas de represión cultural, su uso se revitalizó a partir de los acuerdos de paz de los años noventa. El cambio de ciclo del 13 baktún, en 2012, fue celebrado con ceremonias y nuevas estelas, como las de Iximché, que registran la historia contemporánea de los pueblos mayas.
El calendario maya no es solo una herramienta de medición. Es una concepción filosófica del tiempo y del lugar del ser humano en el universo, heredada de una civilización que entendió el paso del tiempo como un proceso cíclico, preciso y profundamente ligado a la vida.






