La Estación Espacial Internacional (EEI), que orbita a unos 400 kilómetros sobre la Tierra, es uno de los proyectos de ingeniería y cooperación internacional más ambiciosos de la historia. Desde la llegada de la Expedición 1 en noviembre de 2000, la estación ha estado habitada de manera ininterrumpida durante 25 años por más de 280 astronautas y cosmonautas.

Si naciste después del 2 de noviembre de 2000, durante toda tu vida siempre ha habido seres humanos viviendo en el espacio.

La EEI es el resultado de décadas de colaboración entre Estados Unidos, Rusia, Europa, Japón y Canadá, y una prueba de que la cooperación internacional puede sostenerse incluso en contextos geopolíticos complejos. No obstante, su desarrollo y operación han estado marcados por retos técnicos, riesgos constantes y elevados costos.

A continuación, un recorrido por 25 cifras que resumen un cuarto de siglo de vida en órbita.

El módulo más antiguo de la EEI tiene 27 años. Se trata de Zarya, lanzado en noviembre de 1998 desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán. En ese momento, el proyecto acumulaba retrasos, sobrecostos y críticas políticas que incluso pedían su cancelación.

La primera tripulación estuvo formada por solo tres personas: Bill Shepherd, Sergei Krikalev y Yuri Gidzenko. Cuando encendieron las luces de la estación en noviembre de 2000, la EEI contaba únicamente con tres módulos: Zarya, Zvezda y Unity, que aún hoy constituyen su núcleo funcional. Pasaron cinco meses en condiciones austeras, realizaron 22 investigaciones científicas y siete caminatas espaciales.

El ensamblaje completo de la estación requirió 42 vuelos. Construida por piezas en distintos continentes, la EEI tuvo que ser armada en órbita con precisión milimétrica, una tarea en la que el transbordador espacial estadounidense fue clave.

El volumen habitable de la estación es de 388 metros cúbicos, similar al de una casa de seis habitaciones. En microgravedad, sin embargo, todas las superficies se utilizan, lo que convierte a la EEI en un entorno denso y altamente funcional.

Para contrarrestar los efectos nocivos de la microgravedad, los astronautas deben ejercitarse dos horas diarias. La pérdida de masa muscular, densidad ósea y visión es uno de los principales riesgos de las misiones prolongadas. En 2016, el británico Tim Peake corrió un maratón completo en el espacio.

El sistema de reciclaje de la EEI permite reutilizar el 98 % del aliento, el sudor y la orina de los astronautas, transformándolos en agua potable. Aun así, estudios han detectado al menos 55 tipos distintos de microbios conviviendo con la tripulación.

A lo largo de estos años se han publicado más de 4.400 investigaciones científicas basadas en experimentos realizados en la estación, con aplicaciones que van desde la medicina hasta el desarrollo de nuevos materiales.

El astronauta de mayor edad en vivir a bordo de la EEI fue Don Pettit, quien regresó a la Tierra el día que cumplió 70 años. Esto ayudó a derribar el mito de que solo personas jóvenes pueden participar en misiones espaciales.

La misión más larga en la EEI duró 371 días y fue protagonizada por el astronauta estadounidense Frank Rubio, quien regresó en 2023 tras más de un año continuo en órbita.

Uno de los espacios más emblemáticos es la Cúpula, una ventana panorámica de vidrio de 25 milímetros de grosor que ofrece una vista directa de la Tierra y se ha convertido en el lugar favorito para la fotografía espacial.

La vida cotidiana también incluye ocio: desde instrumentos musicales hasta pintura y fotografía. El canadiense Chris Hadfield grabó en la EEI una versión de Space Oddity de David Bowie, mientras otros astronautas han llevado flautas, saxofones e incluso han improvisado instrumentos.

Cada astronauta duerme en un saco de 211 centímetros, fijado a la pared dentro de un pequeño compartimento privado. Dormir en microgravedad, con ruido constante y múltiples amaneceres diarios, sigue siendo un desafío.

La estación cuenta con cuatro baños, cuyo mantenimiento ha dado lugar a historias memorables, como la reparación de emergencia realizada por Chris Hadfield en 2012.

La comida ha evolucionado notablemente: desde menús gourmet hasta espresso en órbita. En 2019, los astronautas hornearon galletas en el espacio, aunque no pudieron comerlas hasta que regresaron a la Tierra.

La EEI ha realizado cerca de 40 maniobras para evitar basura espacial. Con unos 28.000 objetos rastreados orbitando la Tierra, el riesgo de impacto es permanente.

Se han efectuado más de 270 caminatas espaciales, y la más larga duró casi nueve horas. Algunas han estado cerca de convertirse en tragedia, como cuando el casco de Luca Parmitano comenzó a llenarse de agua en 2013.

La estación dispone de siete brazos robóticos, destacando el Canadarm2 y el robot Dextre, piezas clave para el ensamblaje, mantenimiento y apoyo a las caminatas espaciales.

Hasta ahora, 13 civiles han visitado la EEI como “participantes en vuelos espaciales”. El costo de una noche ronda los 35.000 dólares, sin contar el viaje.

La EEI completa 16 órbitas alrededor de la Tierra cada día, a una velocidad de 28.000 km/h, lo que permite a los astronautas presenciar 16 amaneceres diarios.

El viaje más barato hasta la estación cuesta alrededor de 55 millones de dólares en una nave Dragon de SpaceX, una cifra menor a la de la era del transbordador, pero aún inaccesible para la mayoría.

Una misión planeada para durar ocho días terminó extendiéndose a 286 días, cuando dos astronautas quedaron varados tras fallos de la nave Starliner de Boeing.

Los paneles solares de la EEI generan unos 735.000 kWh al año y tienen una envergadura mayor que la de un Airbus A380.

El software de la estación suma alrededor de tres millones de líneas de código, distribuidas en múltiples computadoras que van desde tecnología soviética hasta sistemas modernos y experimentales.

A bordo hay registrados unos 486.000 objetos, todos catalogados para evitar pérdidas en un entorno donde todo flota.

Finalmente, el costo total del proyecto se estima en unos 150.000 millones de dólares, aunque la cifra exacta es difícil de precisar. Solo la NASA destina entre 3.000 y 4.000 millones de dólares anuales para su operación.

Tras 25 años de ocupación continua, la Estación Espacial Internacional sigue siendo un laboratorio único, un símbolo de cooperación global y un paso clave en la preparación de futuras misiones a la Luna y Marte.

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