Nicolas Sarkozy escribió 213 páginas en apenas 20 días de reclusión. Por cada jornada tras las rejas, el expresidente de Francia produjo más de diez páginas de Diary of a Prisoner, el libro que salió a la venta este miércoles y en el que relata su experiencia en la prisión de La Santé, en París, donde permaneció hasta el 10 de noviembre, fecha en la que obtuvo libertad anticipada mientras apela su condena por asociación delictiva en la campaña presidencial de 2007, financiada con recursos procedentes de Libia.
Sarkozy describe la cárcel como “un infierno”. La ventana de su celda estaba cubierta por paneles de plástico que le impedían ver el cielo o siquiera conocer el clima; por las noches, los gritos de los otros reclusos resonaban en el penal. En una ocasión, relata, despertó cuando un preso incendió una celda cercana.
El exmandatario ocupó una de las 18 celdas del ala conocida como “VIP”, que, pese a cierto aislamiento, contaba con televisión, ducha, refrigerador y parrilla. Aun así, el expresidente señala que nunca había dormido sobre un colchón tan duro: “Una mesa habría sido más suave”.
El libro alterna entre la vida cotidiana en prisión y los días que mediaron entre su condena y su ingreso a La Santé el 21 de octubre. Uno de los episodios más comentados ocurrió antes de su encarcelamiento, cuando fue recibido en el Palacio del Elíseo. Según Sarkozy, el presidente Emmanuel Macron insistió en trasladarlo a otra prisión con mejores condiciones, oferta que él rechazó.
Durante su estancia, también recibió la visita del ministro de Justicia, Gerald Darmanin, gesto que generó fuertes críticas. Sarkozy asegura que incluso el embajador de Estados Unidos en Francia, Charles Kushner —padre de Jared Kushner— solicitó reunirse con él en prisión.
El exmandatario afirma que recibió más correspondencia en la cárcel que durante sus años en el poder: cientos de cartas diarias, además de 20 biblias y decenas de ejemplares de una novela premiada. También cuenta que, antes de entrar a prisión, acompañó a un joven con cáncer a un partido de fútbol y que en restaurantes la gente lo aplaudía. Episodios que, según su propia narrativa, refuerzan la idea de un apoyo popular persistente.
Sarkozy dedica parte del libro a defender su inocencia y a criticar la investigación que derivó en su condena. En noviembre, el tribunal supremo confirmó una sentencia en su contra por financiamiento ilegal de su campaña de reelección en 2012, uno de varios procesos judiciales que enfrenta. Aun así, se compara con Alfred Dreyfus, figura histórica en Francia por su persecución injusta, lo que ya ha generado controversia.
En los domingos de prisión, las visitas del capellán se convirtieron en momentos clave. Sarkozy asegura haber reavivado su fe, acompañado por libros como El conde de Montecristo. Pese a ello, apenas dedica espacio a las experiencias de los demás reclusos y se describe a sí mismo como un hombre aislado, apartado por injusticia y tratado con deferencia.
En las últimas líneas del libro afirma: “Entré como jefe de Estado. Salí con el mismo rango”. Pero la realidad de los hechos —y de su propio texto— recuerda algo distinto: entró como convicto y salió con el mismo estatus.






