El anime, la animación japonesa que marcó generaciones en Latinoamérica, se consolidó como una de las expresiones culturales extranjeras más influyentes en la región. Desde las lágrimas por Candy Candy o Marco hasta las noches frente a Dragon Ball Z, su impacto emocional y social permanece intacto.

El reciente éxito de Demon Slayer: Infinity Castle, la película extranjera más taquillera en Estados Unidos y con ingresos de 17,6 millones de dólares en México, confirma la vigencia de este fenómeno.

Primera era dorada: la televisión como puerta de entrada
Luis Carlos Díaz, periodista venezolano y fundador de La Cátedra Pop, explica que el anime llegó a la televisión latinoamericana en los años sesenta como contenido económico para llenar la programación. Fue el inicio de una “primera era dorada”, con series como Astroboy (1963), Kimba, el león blanco (1965), Meteoro (1967), La princesa caballero (1967) y Marino y la patrulla oceánica (1968).

El doblaje mexicano fue decisivo. Salvo excepciones como Candy Candy (doblada en Argentina), la mayoría de las producciones se adaptaron en México, lo que permitió que las historias japonesas sonaran cercanas y naturales para el público hispano.

El poder cultural y emocional del anime
El politólogo Joaquín Ortega, autor de La cultura del milenio, sostiene que el anime se impuso por su capacidad de conectar con valores universales y su flexibilidad cultural. Señala que el “soft power” japonés se apoyó en narrativas de esfuerzo, sacrificio y superación, distintas a los estereotipos de la animación occidental.

Durante las décadas de 1970 y 1980, títulos como Mazinger Z, Heidi, Marco, Candy Candy, Los caballeros del Zodiaco y Dragon Ball consolidaron un vínculo emocional entre los espectadores latinoamericanos y los héroes japoneses.

Comunidades otaku y consumo activo
El auge de los años 1990 y 2000 transformó la afición en una cultura participativa. Revistas importadas, foros de internet y DVD piratas ampliaron el acceso a contenido inédito. Los seguidores pasaron de simples consumidores a creadores de comunidades, intercambiando discos, organizando cosplays y fundando convenciones.

Inspirados por las ideas de Néstor García Canclini en Culturas híbridas, Ortega observa que los otakus latinoamericanos transformaron la recepción cultural en creación activa: “consumir anime se volvió un acto de identidad y pertenencia”.

Del culto al fenómeno global
Hoy, el anime es una industria global sostenida por plataformas como Crunchyroll y Netflix, donde el 50 % de las cuentas consumen este tipo de contenido. Corea del Sur y China buscan replicar el modelo con sus propias producciones, como la serie To Be Hero X, coproducción chino-japonesa.

Pese a su expansión, Díaz sostiene que el anime sigue siendo un nicho poderoso, no un fenómeno total: “no todos los jóvenes lo consumen, pero quienes lo hacen encuentran en él un lenguaje emocional”.

El vínculo se mantiene porque el anime ofrece algo que pocas narrativas logran: historias que permiten nombrar lo que se siente y construir identidad en medio del caos moderno.

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