Barrio Santiago

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Por Carlos Silva, La lengua de Dante

En las inmediaciones del que quizá sea el monumento histórico más emblemático de nuestra ciudad, justo a un costado de los arcos, propiamente en los terrenos de la antigua ex hacienda de Carretas, se ubica una millonaria inversión inmobiliaria que perfectamente también podría considerarse como uno de los grandes monumentos a la corrupción en Querétaro, el complejo se llama Barrio Santiago y la corrupción que la hizo posible, parece haber alcanzado a los mejores.

Por principio de cuentas, hay que remontarse al hecho de que hubo un gobierno que autorizó un cambio de uso de suelo que le permitió a los inversionistas, llevar a cabo una construcción con una densidad poblacional superior a la de la zona residencial adyacente, pero más que eso, conviene poner de relieve la manera en como dicho proyecto pudo zanjar el mayor escollo por tratarse de una construcción en un lugar, ciertamente histórico y en la inmediatez de uno de mayor envergadura, monumentos ambos que, en cualquier circunstancia, debieron encontrarse bajo la protección del INAH, lo que resulta todavía más inexplicable y según parece, al INAH no pareció importarle mucho el  significado histórico de dichos espacios y dio las mayores facilidades para que dicha construcción tuviera lugar en los términos y condiciones más propicios para los inversionistas.

Posteriormente, en un segundo momento y en otro acto ciertamente extraño, otro gobierno autorizó a los desarrolladores un permiso que les ha permitido a obviar las restricciones legales que de otra suerte les habrían impedido poder llevar a cabo una construcción con esas dimensiones y, sobre todo, sobrepasando la altura permitida en la zona, sin embargo, es bien sabido que cuando hay dinero de por medio, todo es posible, pues baste recordar la premisa aquella que reza que lo que cuesta dinero, sale barato y según parece, de nueva cuenta las cosas parecieron resolverse en el sentido más favorable para los constructores.

Cualquier gobierno, inversionista, constructor o desarrollador sabe los tremendos dolores de cabeza que el INAH suele significar al momento de intentar llevar a cabo construcciones, remodelaciones, ampliaciones, etc., en cualquier espacio que se encuentre bajo la tutela del INAH, institución ésta que, en condiciones normales, impone  los mayores obstáculos para otorgar el tipo de autorizaciones que faciliten éste tipo de construcciones, sin embargo, en la situación descrita, parece no haber sido el caso y algo ha ocurrido, que el INAH parece haber dado las mayores facilidades para poder llevar a cabo éste desarrollo.

Conviene hacer memoria acerca de los trabajos que han ocurrido en las inmediaciones de los arcos en otros momentos, cuando por ejemplo, en el siglo XIX, por debajo de estos, fue posible hacer pasar las vías del ferrocarril central, transitando por esa ruta durante algunos años, los trenes que comunicaban a nuestra ciudad con la ciudad de México; posteriormente, ya en los años sesentas del siglo pasado, una obra de ingeniería permitió construir cuatro carriles de un libramiento que justo pasaba por debajo del nivel de suelo de esta famosa arquería y, finalmente, durante la pasada administración estatal, fue posible ampliar a seis carriles ésta famosa vialidad; en todos estos casos y muy particularmente en la ampliación llevada a cabo por el gobierno del priísta José Calzada, tanto la integridad, como la majestuosa vista de la famosa arquería queretana fue resguardada por la celosa vigilancia de la institución responsable de mantener a buen resguardo éste tipo de monumentos históricos.

Cabe decir que antes y durante los trabajos de ampliación llevados a cabo por el gobierno de José Calzada, a la par de la extraordinaria vigilancia ciudadana, el INAH fue una instancia celosa y vigilante en la preservación del buen estado de ésta icónica construcción, lo que no parece haber  sido la circunstancia de Barrio Santiago, pues ha sido el caso incluso, de que se les ha permitido a los desarrolladores, afianzar sus cimbras a los propios arcos, con todo lo que ello significa y ni que decir de la invasión de las banquetas que ha ocurrido durante todo el tiempo en que se ha estado llevando a cabo dicha obra y al respecto en ambos casos, ninguna autoridad ha dicho absolutamente nada y lo que es peor, no lo ha hecho ni el propio INAH, dependencia que ha permanecido enmudecida ante éste tipo de excesos por parte de los constructores.

Para quienes crean que los daños que se derivan de la corrupción solo atañen al enriquecimiento de aquellos que favorecieron los intereses de éste tipo de desarrolladores, baste voltear la vista hacia los famosos arcos mientras se circula por el boulevard Bernardo Quintana en sentido hacia la ciudad de México, para ver el daño que se ha ocasionado a la inmejorable vista que tenían los arcos prácticamente desde cualquier latitud. En eso consistía justamente el trabajo de los responsables del INAH, quienes al parecer, se hicieron de la vista gorda, como no ha ocurrido antes en otro tipo de trabajos incluso, de interés público, como es la reparación del adoquinado en las distintas calles del Centro Histórico, proyectos a los que les establecen todo tipo de objeciones.

No tengo la menor duda de que, como ocurre siempre que se hacen necesarias las explicaciones, habrán de surgir una serie de razones y argumentos que puedan esgrimir las autoridades del INAH para justificar el hecho de haber autorizado algo que en condiciones normales se antoja difícil que hubiera ocurrido, sin embargo a estas alturas y se diga lo que se diga, el daño está hecho y, consecuentemente, todo lo que se argumente al respecto, pareciera que sale sobrando.

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