Domingo, 29 Enero 2017 00:00

Una aproximación a la ciudad imperial

Escrito por  La Lengua de Dante
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Imaginen una ciudad, cuyos límites no llegan más allá de la calle 16 de septiembre, que circunda una parte del casco de la ciudad y rodea hasta pasar por la parte detrás del Templo de la Cruz, para seguir por lo que hoy es el barrio de San Francisquito, que a su vez, hace las veces de límite suroriente, teniendo, a la distancia, las Haciendas de Doña Guadalupe de Samaniego, la de Carretas a un costado de los emblemáticos arcos y, volviendo la vista un poco más hacia el sur, la de Callejas, siguiendo hasta la Alameda, para llegar a lo que son las inmediaciones de lo que hoy conocemos como la avenida Ezequiel Montes, a lo lejos, rumbo al oeste, se hace visible la Hacienda de Casablanca de Don Manuel Acevedo, más al norte, hacía la ribera del río, se distingue el caserío del barrio de Santa Ana, bordeando por toda la ribera del río, para terminar cerrando el circuito de nuevo en la hoy céntrica calle de 16 de septiembre. Esa era, la ciudad de Querétaro en los tiempos en los que Maximiliano, el Habsburgo, la escogió para aposentarse y enfrentar, de manera definitiva a los ejércitos de la República; una ciudad que, en aquel entonces, no rebasaba los 50 mil habitantes.

Hoy toda esa zona, constituye lo que conocemos como el Centro Histórico, unas cuantas cuadras constituían la que, por cerca de cuatro meses, sería conocida como la ciudad imperial, aquella que serviría de recinto, estancia y, finalmente, de tumba del efímero Imperio, ese, el del invasor, el del Habsburgo.

Sin embargo, aún en aquellos tiempos, Querétaro era un poco más que eso, pasando el río, existía otra suerte de caseríos cuya población se sumaba a la de la mancha urbana de entonces; bien distinta a la opulencia del primer y único cuadro de la ciudad, eran barrios de gente pobre, en donde vivían muchas de las personas que servían en las grandes casonas, entre esas callejuelas y callejones, vivían las personas que echaban tortillas y que prestaban sus servicios a las rancias familias de abolengo, a esa zona de pobres, se le conoció desde entonces como la Otra Banda, integrada por lo que hoy se conoce como los populosos e históricos barrios de San Sebastián, El Cerrito, El Tepetate, San Roque y un poco más hacia el noroeste, el barrio de San Gregorio. Estos caseríos, después del barrio de San Francisquito, pueblo de indios que se ubicaba en las laderas del Sangremal y adjunto al casco de la ciudad, venían a ser la parte popular y a su vez, el cinturón de pobreza del Querétaro de aquella época.

La ciudad, de aproximadamente 47 mil almas, se aprestaría, para recibir a cerca de un 20 por ciento más de su población, pues el ejército imperial, sobrepasaba los 9 mil elementos, no obstante, éstas habrían de ser, 9 mil bocas más que alimentar, lo que volvería más complejas las condiciones de la población una vez que, durante los primeros días del mes de marzo de aquel 1867, se cerrara el cerco y comenzara, oficialmente, el sitio a la ciudad de Querétaro, rodeada por poco más de 50 mil efectivos del ejército republicano.

Como puede verse, el Querétaro de entonces, eran unas cuantas manzanas, la vida urbana, si se le puede llamar de esa manera, no pasaba de los puntos que circundaban el casco principal de la ciudad, los más cercanos, constituidos por los caseríos que bordeaban las haciendas de Carretas y Callejas de Doña Guadalupe de Samaniego; la hacienda de Casablanca, de Don Manuel Acevedo; la hacienda de La Capilla, de Doña Guadalupe Piña de Mena; la hacienda de Alvarado de Doña Dolores de Ecala; la hacienda de El Jacal Grande de Don Eduardo Gutiérrez¸ la hacienda de Carrillo de Don Gil Ramírez; la Hacienda de San Juanico de Bernabé Loyola y Doña Catalina Fernández de Jáuregui y un poco más lejano, para aquel entonces, el feudo textil de los Rubio, con la fábrica El Hércules, cuyo dueño, Don Carlos María Rubio, será merecedor de una necesaria mención aparte, como también la habrá de tener Don Bernabé Loyola, notable queretano antes referido.

La ciudad imperial entonces, no disponía, de grandes lugares para la recreación, el solaz y el esparcimiento, no existían ninguno de los grandes centros comerciales de hoy día, ni las arterias viales, ni una infraestructura que volviera la vida diaria más confortable, salvo, una gran cantidad de conventos y templos, cuya construcción, hacían de la ciudad, un lugar con características físicas propias de una fortaleza que, según los cálculos de los imperialistas, podría resistir los embates republicanos, vaya pues, no existía ni siquiera lo que hoy conocemos como el jardín Zenea, lugar que tras el sitio, será conocido como una zona llena de escombros.

Así era Querétaro en aquellos días de 1867, cuando Maximiliano y los que le rodeaban, decidieron convertir la nuestra, en la ciudad asiento del Imperio, en la ciudad imperial en dónde éste, el Imperio, junto con su emperador, verían sus últimos días.






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