Domingo, 22 Enero 2017 00:00

La Jerusalén de tierra adentro

Escrito por  La Lengua de Dante
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Apenas si conocemos unas cuantas versiones de los hechos y razones que llevaron a Maximiliano a decidirse por Querétaro como la ciudad en la que habría de atrincherarse en lo que habrían de ser, los últimos cuatro meses de su ya de por sí, efímero Imperio.

Con todo ello, no deja de ser, paradójico que, tras el retiro de las tropas francesas de nuestro país,  apenas iniciado el mes de febrero, el día cinco para ser exactos, Maximiliano, el Habsburgo, por fin se sintiera libre, él, que llegó a nuestro país, impuesto como emperador, precisamente por los invasores franceses que ahora le dejaban solo y a su suerte.

A los pocos días, Maximiliano resolvió venir a Querétaro y el 13 de febrero de 1867, por la entonces garita de Vallejo, el llamado emperador de México salió de la Ciudad de México rumbo a ésta levítica ciudad acompañado de una pequeña fuerza de caballería y de infantería, la ruta, que en condiciones normales se hacía en dos días, pero que a la columna imperial, le llevó una semana hacerla, para llegar el 17 de febrero a San Juan del Río; en esa localidad, el emperador, mandó publicar la que sería la organización que daría a su ejército en nuestra ciudad, destacándose los nombramientos de Miramón al frente de la infantería, de Mejía al frente de la caballería y otros tantos nombramientos.

Aunque ciertamente Maximiliano ya había estado en nuestra ciudad hacía un poco más de dos años atrás, en cuanto Orispelo, el caballo que había elegido para entrar a nuestra ciudad, se asomó por el lomerío de la Cuesta China, a esas horas de la mañana, alrededor de las nueve y media de la mañana, la vista de nuestra ciudad, enseñoreada sobre la loma del Sangremal, rodeada de un gran valle y a lo lejos, por una azul cortina de montañas, debió resultarle simplemente esplendorosa y tras de Maximiliano, magníficamente ataviado, aparecieron los primeros jinetes de la avanzada imperial, hay que decir, que Miramón y Mejía ya le esperaban en Querétaro, habiendo llegado penosamente el primero apenas unos días antes, el 8 de febrero de ese mismo 1867, por lo que, respetuosos como lo eran, de la investidura imperial, los dos generales salieron rumbo a la Cuesta China a recibir al emperador.

Vestido de gala para la ocasión, portando en su uniforme las insignias de la Orden del Águila, a la cabeza de la columna, montando, como se decía antes, al brioso “Orispelo” en lugar de su acostumbrado y manso “Anteburro”, a Maximiliano le llevó dos horas y media bajar la cuesta y llegar a la garita de México, ubicada por las inmediaciones de la actual zona de Plaza de las Américas.

El Habsburgo quizá sabía, que ésta, la llamada “ciudad Santa de tierra adentro” como la había bautizado Guillermo Prieto, sería su destino final, sin embargo Maximiliano desconocía cuánto debía esperar para que ocurriera el que sabía de antemano, era un destino sellado, sin embargo, en su romanticismo, apostaba porque el final no fuera trágico, pensaba que, llegado el momento, el de San Pablo Guelatao se portaría magnánimo con él; lejos estaba de conocer el carácter férreo y por momentos hasta necio, de aquél que durante mucho tiempo encabezó, a lo largo del país, la marcha de “la familia enferma”.

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