Lunes, 08 Mayo 2017 00:00

Diario del final del Sitio - Miércoles 8 de Mayo de 1867

Escrito por Redacción
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Querétaro, 8 de mayo de 1867.   

    No ha vuelto a intentarse ninguna acción bélica, manteniéndose los ejércitos sitiador y sitiado en sus posiciones fijadas el 27 del pasado mes de abril, aumentando a cada día la desconfianza y el desaliento en el imperialista, por lo que Maximiliano se ve obligado a redoblar sus esfuerzos para dar ánimo al ejército que empieza a defeccionar, pues ya ha habido muchos casos de deserción entre los soldados para pasarse a las líneas republicanas.
   
    Siendo esto así, todos los días Maximiliano continúa visitando los hospitales, después de lo cual acude a las trincheras para poder alentar a los soldados que por falta de alimento y carentes de la esperanza de auxilio, pronto se encuentran en lastimoso estado de desaliento.
   
    Casi de continuo emplea para estas visitas, su consentido caballo “Orispelo”, siendo acompañado por sus más cercanos servidores y seguido por el que ya está siendo famoso entre las tropas imperiales, un bonito lebrel al que se ha dado en nombrar “Bebello”, hermoso perro que perteneció a un oficial imperial que fue hecho prisionero en San Jacinto.
   
    Este animal, huyó con las tropas de Miramón y al llegar a Querétaro se hizo mascota de los imperialistas, y luego se aficionó grandemente a Maximiliano a quien le hace toda clase de fiestas y le sigue a donde quiera que va.
   
    Muy querido es “Bebello” entre la oficialidad imperial y a todos hace grandes cariños cuando recibe también de ellos alguno; salvo Miguel López, al que cuando mira, enseña los dientes y se le tira tratando de morderlo.
   
    Por supuesto que “Bebello” y “Orispelo” y “Anteburro”, los únicos animales que Maximiliano tiene, son los mejor atendidos de los que hay en Querétaro, pues a éstos si se les da de comer bien y se les prodigan todos los miramientos posibles.
   
    Animada fue la comida que se sirvió en la Cruz, después de las visitas a hospitales y trincheras y en lo más animado de ella el coronel Loaiza al escuchar el tiroteo de los cañones que no cesaba, interrumpió lo que él llamó “festín de Baltazar”, pues estaba consumiendo pescado en conserva, pan y vino, lo que ni en la imaginación se veía por otros lugares de Querétaro, para subirse a observar desde lo más alto de la Cruz lo que ocurría.
   
    Apenas hubo asomado cuando el nutrido fuego que caía sobre la Cruz reventó a sus pies una granada, haciendo pedazos sus dos piernas.
   
    A sus gritos, acudió Maximiliano acompañado de su médico Samuel Basch y viéndolo en tan grave situación, se le amputaron casi de inmediato las dos piernas y colocado en una camilla, fue llevado a su casa para poderlo vigilar en su curación de las graves lesiones recibidas por su imprudencia.

Tomado del libro "El Sitio de Querétaro y El Triunfo de la República" de José Guadalupe Ramírez

Ediciones Culturales del Estado de Querétaro. 1973

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