Lunes, 15 Mayo 2017 00:00

Diario del final del Sitio - Miércoles 15 de Mayo de 1867

Escrito por  Redacción
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Querétaro, 15 de mayo de 1857

    ¡Son las tres de la mañana!

    Conforme a lo pactado con el General en Jefe, el coronel Miguel López sale de las líneas imperialistas y se encuentra con el genera Vélez.

    Previamente el General en Jefe Mariano Escobedo ha tomado decisiones importantes para la toma de la plaza de Querétaro.

    A disposición del general Vélez, ha puesto al Batallón “Supremos Poderes”, mandado directamente por el coronel Pedro Yépez y al de Nuevo León por el teniente coronel Carlos Margain; también los acompañará el general Feliciano Chavarría y el coronel Agustín Lozano y dos ayudantes más del general Mariano Escobedo.

    Hasta la línea avanzada del Sitio, acompaña a los jefes el general Mariano Escobedo, después se retira al Cuartel General para esperar los resultados del movimiento que sobre la Cruz habrán de verificar las tropas puestas bajo el mando del general Vélez.

    Desde allí, el general Mariano Escobedo, preparando toda eventualidad, da órdenes al coronel Julio Ma. Cervantes, para que cubriendo su línea con el Batallón de Cazadores, esté listo para verificar el movimiento que se le indique; a los generales Francisco Naranjo y Amado Guadarrama, para que con su caballería, estén prevenidos brida en mano para moverse a la primera orden; el general Sóstenes Rocha, está alertado para que su columna concurra al punto donde sea necesaria y urgente su cooperación.

    Los jefes de los demás puntos tales como el Cimatario, Callejas, Garita de México, San Gregorio, San Sebastián, que estén prontos para avanzar sobre la plaza sitiada y en los puntos precisos que se les han fijado, para el momento en que, tomada la Cruz, puedan asaltarse todas las líneas de los sitiados.

    Un repique desde San Francisquito y la Cruz, anunciará la hora del asalto total, la hora de la gloria.

    Asimismo, se nombra al coronel Julio María Cervantes, como comandante militar de Querétaro, el que ocupado por sus tropas será guarnecido a fin de que se procure que haya el mayor orden posible y de ninguna manera se cometan desmanes contra la población civil.

    Se encomienda al general Francisco Alatorre, para que en el interior de la plaza distribuya las tropas republicanas, garantizando hasta donde sea posible, el orden; al coronel José Rincón Gallardo para que custodie a los prisioneros, especialmente a los generales y jefes y provea su alojamiento.

    Estas medidas urgentísimas son tomadas esta madrugada, mientras en la plaza ocurren acontecimientos de gran trascendencia.

    Maximiliano, después del agitado día anterior, duerme en su celda de la Cruz y todos los de su casa también se encuentran dormidos, esperando tan sólo la amanecida para continuar preparando el movimiento de salida que se ha propuesto.

    En la casa de la Corregidora se encuentran en espera de recibir órdenes los hombres reclutados por el general Mejía en los últimos días, a quienes se ha armado precariamente; los caballos de los húsares, según lo ha dispuesto, por conducto de Salm Salm Maximiliano, están listos sin saber para qué.

    Los generales Miramón, Mejía, Méndez, Ramírez y otros, se ha retirado a sus casas para descansar por unas horas, en espera de los acontecimientos y prevenidos para la salida; varios jefes han buscado ya lugares a propósito para ocultarse una vez que la salida se logre, pidiendo a algunos significados vecinos que les permitan esconderse en sus casas en tanto se define la situación, que, con la salida del ejército imperial, se planteará en Querétaro.

    Entre tanto esto ocurre, el coronel Miguel López, al encontrarse según lo convenido con el general Vélez, recibe el trato que ha previsto el General en Jefe don Mariano Escobedo: que pistola en mano Vélez lo lleve como guía para que lo introduzca en la Cruz, advertido de que cualquier movimiento falso le volará la tapa de los sesos, irremediablemente.

    Miguel López, avanza así por entre el escarpado, hacia el tapial del convento de la Cruz, hasta justamente la cañonera que mira hacia el Sureste. Allí, van Vélez, Chavarría, Rincón Gallardo; más allá Yépez, Margain, Lozano y Alatorre.

    Estos movimientos han podido verificarse hasta ahora en forma imperceptible, puesto que la noche es de una oscuridad profunda, de un silencio completo y sumamente fresca.

    El coronel Miguel López, al penetrar a la huerta de la Cruz, punto por punto, va haciendo rendir a todos quienes guarnecen la línea que les estaba encomendada. Los soldados republicanos que van sustituyendo a los imperiales en la Cruz, van apoderándose con habilidad de las armas de éstos, dejándolos sin posibilidad de un sorpresivo y fatal ataque.

    Una hora ha pasado, cuando a las cuatro de la mañana, se escuchan pasos precipitados en los corredores del convento.

    Ya están tomados la Huerta, el Cementerio y la Torre de la Cruz; ya están en poder de los republicanos, prácticamente todos los puntos clave del convento al que cercan totalmente los soldados de la República.

    Al escuchar Luis Blasio, secretario privado de Maximiliano, los ruidos en los corredores, sale y se encuentra con Miguel López y con su ayudante Yablouski y escucha que se le dice: “¡Corra usted a despertar al emperador, el enemigo ocupa la Cruz, el convento está cercado por los liberales!” es Yablouski el que así habla.

    Blasio, a medio vestir corre a la celda de Maximiliano que duerme tranquilamente; despierta al cridado de Maximiliano, Severo Villegas y le dice que despierte a Maximiliano, y éste, despierta, haciendo como sin dar crédito a lo que le dicen, comienza a vestirse lentamente; entra a la celda Yablouski a suplicar que se den prisa; entre tato, Blasio corre a despertar al general Severo del Castillo y el criado Severo va a despertar al príncipe de Salm Salm y al oficial de órdenes de Maximiliano, Pradillo.

    Salm Salm, ya vestido en su celda, recibe a Basch, quien le informa que todos se encuentran ya en poder de los republicanos y le sugiere que mande avisar al capitán del Estado Mayor austriaco, Fuerstenwarther para que monten los húsares que cerca viven en el Mesón de la Cruz y se apronten a hacer frente a toda eventualidad.

    Samuel Basch, es llamado por Maximiliano, quien ya listo, con gran calma le dice: “No será nada, el enemigo ha de haber penetrado a los jardines. Tome usted sus pistolas y sígame.”

    Basch va en busca de las pistolas y es hecho prisionero, después de varios incidentes.

    Los criados de Maximiliano, Salm Salm, el general Severo del Castillo y Luis Blasio, van a la celda de Maximiliano y rodeándolo bajan las escaleras del convento y se dirigen hacia la portería que ya está custodiada por soldados de la República.

    Allí se encuentra Rincón Gallardo, quien al ver al grupo y comprobar que van a ser hechos prisioneros, dice el centinela: “Déjalos pasar, son paisanos”.

    “Ven ustedes, comenta Maximiliano, ¿cómo es conveniente hacer favores?” y continúa hacia afuera, dirigiéndose a la plazuela, seguido del pequeño grupo que se ha formado en su derredor.

    Atraviesa el grupo la plaza de la Cruz, todavía sumida en la más absoluta oscuridad; continúa hacia el centro de la ciudad y en la calle siguiente los alcanza el oficial de órdenes, Pradillo, que lleva su caballo y uno para Maximiliano, invitándolo a montar, pero Maximiliano dice: “Ni el general Castillo, ni los demás tienen caballos, sigamos a pie”.

    A pie sigue la comitiva a la que se agregan algunos oficiales y soldados imperialistas que encuentran al paso; cerca de la Plaza de Arriba, los alcanza al galope el coronel Miguel López, quien dice a Maximiliano: “¡Señor! ¡Todo está perdido! El enemigo está en la Cruz y bien pronto ocupará la ciudad; pero tengo un lugar perfectamente seguro para esconder a vuestra Majestad.” Maximiliano replica: “¿Esconderme?, ¡Jamás!”

    Al pasar frente al Palacio de la Corregidora, Maximiliano ordena que todos se concentren en el Cerro de las Campanas, donde seguramente encontrarán aún tropas imperialistas.

    Continúa la comitiva bajando la calle del Biombo, en donde frente a la casa de don Cayetano Rubio, Maximiliano es instado por Miguel López a esconderse respondiéndole Maximiliano que un hombre de su estripe no ese esconde.

    Miguel López, a caballo, vuelve sobre sus pasos con rumbo hacia la Cruz.

    Continúa para el Cerro de las Campanas Maximiliano y su comitiva, pasando por la Plaza del Recreo y tomando la calle del Hospital.

    Ofreciéndose para ello el oficial Juan Ramírez, se adelanta con rapidez al Cerro de las Campanas, avisando al coronel Antonio Gayón lo que ha ocurrido en la Cruz y advirtiéndole de que pocos minutos más tarde, llegarán Maximiliano y su comitiva, que poco a poco se va haciendo más grande por quienes se unen a ella.

    Previamente Miguel López, había penetrado al Palacio de la Corregidora y sacando la tropa improvisada por Mejía, haciéndola dejar sus armas en la Plaza de Arriba, enfrente del Palacio.

    De la casa del general Ramón Méndez, sale violentamente su carro tirado por un tronco de buenos caballos; la casa está en la esquina de la calle del Biombo con la Plaza de Armas, y da su costado Norte frente al Palacio de la Corregidora, por lo que al salir los caballos estrellan contra los muros de este palacio el carro y siguen corriendo hacia el centro desbocados. Méndez, sale inmediatamente de su casa a pie, atraviesa la plaza y se esconde en las ruinas del Portal Quemado; al no sentirse allí seguro, sigue bajo los portales para entrar al callejón de don Bartolo y desaparecer en una casa de la acera Sur, espiado por la silueta siniestra de un individuo maltrecho.

    Los húsares que bajan hacia el Cerro de las Campanas, son desmontados por los republicanos que han avanzado, como se tiene previsto, hacia el centro de la ciudad.

    En su avance, los republicanos, llegan al convento de san Francisco, el cual toman, posesionándose de inmediato de la torre para comenzar a repicar las campanas regocijadamente, con lo que se anuncia a la ciudad y a la Patria el Triunfo de la República.

    Los caballos de los húsares, sin jinetes, vuelven en tropel hacia el Mesón de la Cruz y al ser escuchados por los republicanos y creyendo que son los húsares que cargan, reciben a los caballos con una andanada de balas que mata a muchas bestias.

    El general Miguel Miramón duerme un poco en su casa cuando es avisado que algunos de los jefes de la línea del Rio se han pasado a las tropas republicanas y que estos son: Paz y Puente, Ontiveros y Gil de Castro con otros tres oficiales; como son las tres de la mañana, se viste rápidamente y se dirige al Río, una vez que es ratificada ante él la mala noticia de que esa línea las cosas no andan bien.

    Con su presencia en el Río todo vuelve aparentemente a la normalidad; se dirige al centro cuando habiendo caminado dos cuadras, escucha el repique de San Francisco y violentando el paso se dirige a la Plaza de San Francisco, ordenando a su ayudante que se vaya por sus caballos y que se dirijan a la Cruz quedándose con sus ayudantes Ordaz y Sepúlveda; ordena al último que lleve a la plaza de San Francisco al Batallón de Tiradores y a un ayudante del 12 Batallón para que haga otro tanto, cuando el comandante Nava le dice con angustia: “Toda la fuerza de la Cruz se ha perdido; el coronel López ha entregado la plaza y ya el enemigo me sigue muy de cerca”.

    Sale Miramón a la plaza de San Francisco y ve que su ayudante Ordoñez está amenazado por un oficial a caballo, toma su pistola, corre unos veinte pasos y dispara sobre el oficial, pero no le pega y el oficial hace fuego contra Ordoñez y contra Miramón, hiriendo a éste en la cara: Miramón corre toda la Plaza tras el oficial y al dar vuelta al Biombo, le dispara un segundo tiro que no acierta y el oficial en cambio se vuelve contra él con unos cincuenta hombres del Batallón de Nuevo León, que le hacen fuego.

    Miramón, herido, se vuelve a su casa y sangra mucho; como vive en la casa del Conde de Sierra Gorda, al ver que no llega un médico para tenderlo, se dirige a la casa del Cr. Vicente Licea, que vive en la calle de Capuchinas, para ser curado; el Dr. Licea, se empeña con Miramón en una larga y dolorosa operación.

    Maximiliano, entre tanto, con su comitiva llega ya al Cerro de las Campanas a donde llega el general Mejía, quien desde muy de madrugada ha estado de pie; han llegado también Pachta y el teniente coronel Pedro A. González.

    Por su parte, los republicanos de la línea del Cimatario, descienden por la falda inferior del cerro y atacan violentamente Casa Blanca y la Alameda, que, sin resistencia, son tomadas con facilidad, disponiéndose de inmediato a cambiar la artillería para dirigirla ahora hacia el Cerro de las Campanas; se contesta desde allí inútilmente.

    También los de las líneas de San Pablo, pero especialmente las de San Gregorio y San Sebastián, baja hacia el Río y se adentran a la ciudad, tomándose así por los tres puntos más importantes la plaza sitiada cuyas líneas Norte, Oriente y Sur, han sido definitivamente quebradas y sólo queda prácticamente en su poder el Cerro de las Campanas como el último reducto del imperio que sucumbe cuando muere la noche del 14 de mayo y luce con auroral claridad la mañana de 15.

    Prácticamente es de día cuando Maximiliano llega al Cerro de las Campanas.

    Sobre el Cerro de las Campanas, se dirige un vivísimo fuego de artillería dirigido por el general Sóstenes Rocha y en medio de este fuego están Maximiliano, Severo del Castillo, Tomás Mejía, Luis Blasio, Pradillo y otros menos importantes personajes del pretendido imperio que en esta mañana naufraga dolorosamente y sin gloria.

    Millares de soldados han penetrado a la ciudad; se confunden los soldados republicanos con los imperialistas y muchos de éstos se unen a aquellos para avanzar por todas las calles en oleadas sucesivas hacia el Cerro de las Campanas, en donde se encuentra solitario casi Maximiliano, sin saber qué hacer.

    Todos los asustados queretanos se han encerrado en sus casas y el delirio triunfal cunde por toda la ciudad y por las montañas vecinas que se resuelve en vivas a la República, en gritos y en tirar incesante de fusiles ya nada más al viento para quemar los últimos cartuchos que en esta mañana ya no sacrifican a más mexicanos. Algunos del pueblo que han salido al pillaje, son tomados en leva.

    Maximiliano entre tanto, no sabe qué hacer; tiene la plena conciencia de que está totalmente perdido, como que él ha buscado la llegada de este momento culminante para la República.

    Toma las medidas necesarias y ante todo entrega su cartera con los papeles más reservados a Luis Blasio con instrucciones de que los queme, lo cual se hace en la tienda del coronel Gayón entre Blasio y Fuerstenwaerther.

    Maximiliano dice con cierta angustia: “Sólo espero al general Miramón”; pero pronto es advertido de que el general Miramón fue herido de gravedad.

    Maximiliano dice a los generales Castillo y Mejía: “Montemos a caballo y tratemos de abrirnos paso entre esa cadena de hombres que sigue estrechándose en derredor nuestro. Si no conseguimos salir a lo menos ahí encontraremos la muerte”.

    Insistentemente pregunta a Mejía si es posible la salida, pero éste contesta: “Señor, pasar es imposible; pero si Vuestra Majestad lo ordena trataremos de hacerlo: en cuanto a mí, estoy dispuesto a morir.”

    “¡No hay más remedio que rendirse!”, dice Maximiliano y así se hace.

    Maximiliano ordena a Pradillo y a otro oficial que como parlamentarios se dirijan a la ciudad y se enarbola una bandera blanca en el Cerro de las Campanas, improvisada con la lanza de un soldado y una sábana de la tienda de campaña del coronel Gayón, que los republicanos advierten como la vela rota de la nave imperial que naufraga en un estruendoso, embravecido mar de fuego.

    Marchando con sus tropas por el sur, los generales Corona y Riva Palacio, van realizando el movimiento convergente hacia el Cerro de las Campanas, cuando ven la bandera blanca de la rendición y ordena el primero que cese el fuego sobre el Cerro de las Campanas.

    Cesa entonces el fuego de la artillería; ha pasado el espejismo que inclinó a Maximiliano a creerse Emperador de México; aún el más reciente, de ver en los uniformes rojos de los republicanos, los uniformes de sus húsares, a los que cree llegar al Cerro de las Campanas, pero que no llegaron jamás.

    Sus mismas tropas que se acercan en pequeña fracción le dan la espalda y no vale siquiera el que se les inste a cumplir con su deber.

    Inútilmente, Pradillo se ha adentrado en la ciudad con bandera blanca y corrido hacia la Cruz en busca del General en Jefe don Mariano Escobedo, quien avisado en su Cuartel General dela toma de la Cruz, se acerca por otro camino hacia el Cerro de las Campanas.

    Maximiliano baja con la mínima compañía que le queda del Cerro de las Campanas y con dirección a la Garita de Celaya sobre la que se había desplegado la tropa del general Rocha, en tanto que el general Guadarrama circunvala con su caballería el Cerro de las Campanas principiando en San Juanico.

    Ante Maximiliano, llega un antiguo subordinado de Márquez, Dávalos, quien al verlo carga su pistola y la dirige de la cabeza al corazón. Maximiliano impertérrito, en tanto que sus acompañantes se indignan, sostiene altivamente la mirada contra su amenazante. Luego que concluye el momento de tensión, Dávalos pide a Maximiliano un abrazo, el cual le es dado.

    Llegan los generales republicanos, ante quienes Maximiliano pide ser conducido al General en Jefe Mariano Escobedo para tratar los puntos relativos a su rendición, informándosele que está al llegar.

    Cuando la mañana es ya perfectamente clara y el sol ilumina la escena, se encuentran cerca de un sauz llorón y al borde de una zanja, el general triunfador don Mariano Escobedo y el vencido Maximiliano.

    Allí la espada vencida imperial de Maximiliano se rinde a la espada vencedora republicana del general Mariano Escobedo y tiene lugar una entrevista brevísima en la que Maximiliano tiene el candor de pedir que una escolta lo acompañe hasta la costa del Golfo, para salir del país, lo cual naturalmente le es negado.

    Prisionero ya, Maximiliano pide se le conduzca a la prisión por las orillas de la ciudad, pues no quiere pasar por las calles céntricas, atestadas de soldados en calidad de prisionero y se le concede el deseo. “Orispelo”, queda en poder de los soldados republicanos que se lo disputan a balazos.

    Maximiliano y sus acompañantes, personalmente son custodiados por los generales Riva Palacio, Echegaray y Mirafuentes y lentamente van de nuevo camino de la Cruz; al llegar a la Cruz, Echegaray, se disponen a recibir a los prisioneros en medio de la tremenda expectación de cientos de soldados y oficiales que atestan la plaza de la Cruz y producen un ensordecedor ruido de entusiasmo y todos a su vez quieren personalmente ver a Maximiliano, por lo que es necesario despejar la entrada de la puerta.

    Retorna Maximiliano a su celda, ya en calidad de prisionero; cientos de oficiales y aun soldados entran a la celda de Maximiliano para poderlo ver con sus propios ojos y sólo muy tarde queda más o menos solo y en posibilidad de tomar el primer frugal alimento del prisionero.

    Prisioneros quedan también Mejía, Salm Salm, Castillo y Blasio. Por orden del General Mariano Escobedo quedan libres los criados de Maximiliano, Severo, Grill y Tudos.

    Mientras tanto, Miramón es entregado por el médico Vicente Licea al general Refugio L. González que entrando a donde se le curaba, hizo que se le rindiera. Durante todo el día, Miramón es visitado por sus muchos amigos republicanos, estando acompañado por los imperialistas Casanova, Moret y sus ayudantes Gorbitz y Castillo, en tanto que sus otros ayudantes, Jáuregui y Acebal se esconden y se salvan.
 
    Por su parte, el general Ramírez de Arellano logra esconderse en la casa del Mirador, donde permanece durante todo el día.

    Pasadas éstas álgidas horas, el general en jefe Mariano Escobedo, en forma lacónica, austera, muy propia de un militar, da parte al presidente de la República, Sr. Lic. D. Benito Juárez, por conducto de la Secretaría de Guerra, de la toma de la plaza de Querétaro, con la que se realiza definitivamente el Triunfo de la República que se ha buscado pro largos años y con infinidad de penalidades.

    Breve, sencillo es el parte en el que el triunfador dice:

    “Campo sobre Querétaro, Mayo 15 de 1867.- A las cuatro de la tarde. - A las tres de la mañana de hoy, se ha tomado La Cruz por nuestras fuerzas, que sorprendieron al enemigo en dicho punto. Poco después fue hecha prisionera la guarnición de la plaza, que ocuparon nuestras tropas a la sazón que el enemigo con parte de las suyas se replegaba al Cerro de las Campanas. Batido eficazmente por nuestra artillería, entró en gran desorden. Por fin, como a las ocho de la mañana, se rindió a discreción Maximiliano, con sus generales Castillo y Mejía, en el expresado cerro.”

    “Sírvase usted dar al C. Presidente mis felicitaciones por este importante triunfo de las armas nacionales. M. Escobedo.”

    Desesperada e inútilmente se inicia por toda la ciudad la búsqueda del general Ramón Méndez para hacerlo prisionero, pues tiene muchas cuentas que saldar, entre las que destaca el felón asesinato del que fuera gobernador de Querétaro, el general don José María Arteaga. Parece que se lo ha comido la tierra, pues por ninguna parte ha sido visto. Se comisiona al coronel León Ugalde para la búsqueda de Méndez.

    Recibe el General en Jefe, contestación a su telegrama en estos términos austeros: “C. General Mariano Escobedo.- San Luis Potosí, Mayo 15 de 1867.- He recibido y dado cuenta al C. Presidente con el parte de V. de hoy, comunicado por el telégrafo, y en que participa la toma del punto de La Cruz pro nuestras fuerzas y en seguida la completa ocupación de esa plaza. El C. Presidente de la República, me encarga que manifieste a la V. para que lo haga también a ese Cuerpo de Ejército, la satisfacción con que ha visto éste importante triunfo, debido al valor y sacrificio de las tropas a su mando, por el que los felicita por mi conducto. Mejía.”

    Todos los jefes y oficiales del deshecho ejército imperial que no han podido esconderse, son hechos prisioneros y conducidos a diversos puntos; a algunos se les lleva a Carretas, a Patehé y naturalmente a La Cruz, en donde por ser el lugar más seguro se les encierra en el templo principal y en la capilla anexa en donde durante todo el día se juntan como 600 prisioneros.

    Los republicanos toda vez que ya no es necesario mantener sus posiciones de circunvalación, ocupan los cuarteles de los imperialistas, pero dado que no hay cupo bastante para tantos, ocupan también varios conventos y templos, especialmente los de San Agustín, Capuchinas, Teresitas, el Carmen y la Congregación.

    También varias casas particulares son ocupadas por los oficiales republicanos, especialmente aquellas en que se alojaron los oficiales imperialistas que como están presos, han dejado sitio para los triunfadores.

    Es ya el anochecer y en la ciudad que ha vivido uno de los días más agitados de su historia, pues ha tenido que recibir a miles de soldados que la han ocupado, si bien sin ocasionarle ninguna molestia mayor, que ha debido sin recursos, tratar de alimentar a multitud de personas, comienza a entrar en calma y sus calles comienzan a entrar en quietud, aún cuando muchos soldados vagan por ellas continuando con la celebración de la victoria.

    Penosa es la situación de los prisioneros de la Cruz, los del templo, pues no ha podido dárseles ni alimento ni agua, ya que ha habido una multitud de menesteres que cumplir y aún han tenido que hacer sus necesidades en el interior del templo.

    Fija el general Mariano Escobedo su nuevo cuartel General en la Purísima, abandonando el de Patehé que ya no tiene objeto, pues la línea de circunvalación ha sido desmontada y solamente pequeños departamentos se han dejado al cuidado principalmente de la artillería que no ha sido posible mover hacia el interior de la plaza.

    Desde el nuevo Cuartel en la Purísima, se dirige el general Mariano Escobedo, triunfador, a quienes han configurado con su sacrificio, con su abnegación, con su sangre, los soldados republicanos el Triunfo de la República, diciéndoles:

    “Mariano Escobedo, General de la República Mexicana en Jefe del Cuerpo del Ejército del Norte y mandando las tropas sobre Querétaro.

    SOLDADOS: ¡A vuestro valor, constancia y sufrimientos debe la República, uno de sus triunfos, el mayor que se ha obtenido en la larga lucha que la Nación ha sostenido con los invasores y sus cómplices! La ciudad de Querétaro, el más fuerte baluarte del Imperio, después de una heroica resistencia de dos meses, digna de mejor causa, ha sucumbido. Fernando Maximiliano, el titulado emperador, Miramón, Mejía, Castillo y un sinnúmero de generales, jefes y oficiales con toda la guarnición, son nuestros prisioneros. Faltaría a mis deberes de soldado y traicionaría mi conciencia de hombre libre, de mexicano leal, si callara vuestros heroicos hechos y vuestros más heroicos sacrificios. Con la fe del soldado que defiende la independencia, sin alimentos y muchas veces sin un solo cartucho, desafiabais la muerte, combatiendo sin cesar, con numerosas tropas de traidores y extranjeros, provistas con toda clase de elementos de guerra, perfectamente fortificadas y mandadas por los mejores generales del antiguo ejército que por desgracia faltaron a sus deberes, aliándose con los invasores y sosteniendo hasta la última hora al extranjero, que otro extranjero, el emperador de los franceses, quiso colocar en un trono erigido con las bayonetas de sus soldados; pero éstos ya no existen, sus restos han huido a Francia a ocultar su vergüenza, cargando con las maldiciones de todo un pueblo y llevando la triste nueva de que más de una mitad de sus camaradas, pagaron con su sangre los caprichos de su amo.

    COMPAÑEROS DE ARMAS: Nada importa que hombres ambiciosos, aspirantes de mala ley, hayan querido disfrazar vuestros hechos; la veraz historia colocará a cada uno en el lugar que le corresponde y ni los enemigos de la República, ni los que quietos permanecieron en los lugares ocupados por los invasores, contemplando indiferentes su desgracia, se sobrepondrán a los que, como vosotros, habéis combatido sin tregua ni reposo por los sagrados principios de Independencia y Libertad.

    SOLDADOS: En nombre de la República y del Supremo Gobierno, os felicito con toda efusión de mi alma, y consecuentemente con el programa que me he trazado, seguiremos hasta afianzar la paz y el orden, y con ellos el porvenir de nuestra Patria.

    ¡Viva la República! ¡Viva la Independencia Nacional!

    “Cuartel General en la Purísima, frente a Querétaro, Mayo 15 de 1867.- MARIAN ESCOBEDO.

    Se agrega a los pesares de los prisioneros del templo de la Cruz, un hecho pavoroso, que ha estado a punto de ocasionar la muerte a muchos de ellos; como los imperialistas tenían abundante resto de pólvora y uno de los prisioneros al prender y fumar un cigarro, tiró sobre la pólvora la colilla y como había también algunos cartuchos, se provocó una tremenda detonación.

    Seguido de la explosión, se riega terriblemente el pánico entre los prisioneros que corren hacia la puerta tratando de salir y como los republicanos que están de guardia, creen intencionada la explosión, con propósito de fuga, tiran sobre la multitud, dando muerte así a muchos de los prisioneros.

    A gritos explican los prisioneros que no querían fugarse, sino que ocurría tan sólo que iba a provocarse una desgracia; el general jefe de la prisión, ordena que cese el fuego y así todo vuelve nuevamente a la calma.

    Una vez en paz, los prisioneros se disponen a dormir su primera noche de cautiverio, haciéndolo ya sentados en los confesionarios, ya en las bancas; algunos acostados en los altares y utilizando la ropa litúrgica que se cobijan los imperiales para poder pasar esa primera noche.

    Cundió la alarma en el convento y aun en los aledaños de la Cruz, pero todo volvió pronto a la normalidad.

    Como en el convento se ha dejado cierta libertad a los prisioneros, pueden visitarse unos a otros y así durante la noche, el general Mejía, visita a Maximiliano en su celda y éste le dice con un dejo de resignada tristeza: “Estoy dispuesto a todo, ya he tomado mi resolución”, a lo que Mejía contesta: “Vuestra Majestad, sabe muy bien que nunca he tenido miedo a un fusil”; después de ésta tétrica entrevista, se retira a su celda.

    Maximiliano, quien debido a la tensión nerviosa de los días amargos que han precedido al Sitio y a la que le ha provocado éste, está enfermo de disentería, pero desde esta noche se agrava su dolencia y comienza a estar seriamente enfermo, preocupando a su médico.

    Precisamente su médico Samuel Basch, que ha llevado un diario durante el Sitio, lo continúa esta noche, cuando todo ha quedado en calma, después de las estrujantes horas que se ha vivido en este día memorable, en el que, durante la noche, el coronel Miguel López es declarado prisionero en su casa.

    Varios sucesos ocurridos en este día se comentan en los corrillos que se han formado en torno a los mechones que vagamente iluminan el interior de las casas.

    Se afirma que el coronel Santa Cruz, del Cuarto de Lanceros, trató de huir, pese a estar herido, cuando había caído prisionero y que al hacerlo fue acribillado a tiros.

    Se dice asimismo que el coronel Campos, jefe de la escolta particular de Maximiliano, fue llevado a un lugar próximo, pero ignorado de la plaza y allí fue fusilado.

    Pero el episodio que más se comenta, es el famoso brindis que se verificó en la casa de don Carlos Rubio.

    Reunión en su casa don Carlos a varios amigos, entre quienes se encontraban don José Rincón Gallardo y don Miguel López, ambos coroneles, aquél republicano y éste imperialista.

    Les ofreció don Carlos una copa; toma la suya Rincón Gallardo, toma la suya López y aquél, dirigiéndose a Rubio le dice mirando a López: “Yo no brindo con traidores”.

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